Lo siento por Leiceaga; por este PSOE, no
Opinión
01 Oct 2016. Actualizado a las 05:00 h.
El Partido Socialista es necesario para el porvenir de Galicia y de España. Lo ha sido en su pasado y debe serlo en su futuro. Pero uno no puede acallar la propia perplejidad ante lo que contempla, como observador impenitente, en su coso político. Me pregunto si resta algo de sentido común en las cabezas principales del socialismo gallego y estatal. Lo dudo. Su errática deriva ha propiciado la aparición de lo peor que se ha visto en la historia política, desde que allá en la Grecia antigua filósofos y plebe discutían en el ágora. Hablo del populismo: esos que ven la paja en el ojo ajeno y nunca en el propio; esos que dicen lo que «la gente» quiere oír; esos, tan morales. No es diferente el populismo que habita Galicia, derrotado estrepitosamente el 25S, del que en España marca sus diferencias a golpes de tuit y cafeína (digo tal por sus modos céleres, nerviosos y exaltados, de expresarse: presos del sueño de una noche de verano antes de un examen principal). El populismo ha sido una lacra. Lo sigue siendo. Así lo han comprendido en A Coruña, Santiago y Ferrol: otra vez han descendido en número de votos sus mareas. Sus vientos. Su desasosiego impulsado por una parte de nuestra intelectualidad: esos que se creen los únicos libres y «ferozmente honestos». Esos que no asimilan los resultados y nos llaman (a los gallegos) ignorantes o alienados. Los que le dicen siempre no al sistema, insultándolo y vejándolo, excepto cuando se trata de repartir prebendas y viajes y subvenciones y honorarios.
No quiero hablar de ellos, sino de Leiceaga. Uno de los escasos intelectos poderosos que tiene la política gallega. Un hombre de una formación exquisita, humanista convencido, mesurado y dialogante. No posee la verdad absoluta y estoy seguro de que no la desea. Sostiene con fe su libre albedrío, su discrepancia y tantas veces su disidencia. Es un portento académico, especialista en federalismo fiscal y economía pública. Ha estado en el BNG con la misma convicción con la que está en el PSOE: cree en el poder transformador de las ideas. El domingo salió vapuleado de las urnas. Pero no ha sido Leiceaga el culpable, sino el partido en que milita. Disparatadamente caído en desgracia. Liderado hasta hoy mismo por un profesor universitario que en nada se parece al profesor Leiceaga. Es banal. Su historial académico es ninguno. Y lo peor: él sí se cree en poder de todas las razones y verdades. Échenlo. Hoy mismo. No solo por el bien del PSOE. Échenlo por su propio bien, militantes de un partido con más de 137 años de historia. Un partido que ha propiciado la situación de progreso en la que ahora nos encontramos (esta España con la mejor sanidad de Europa que no han inventado los populistas). El dedo de Sánchez ha tiznado de negro la faz de Fernández Leiceaga. Lo siento por él; por el PSOE de Sánchez no puedo sentirlo.