Variaciones Goldberg
Opinión
21 Feb 2016. Actualizado a las 05:00 h.
Escucho las variaciones Goldberg de Bach mientras me dispongo a escribir este tonel. En toda la realidad que nos crean las noticias de actualidad no encuentro ningún rincón apetecible sobre el que reflexionar.Se me amontonan las ideas y las emociones recordando escenas como la de la denuncia de una alumna escotada a su profesor por decirle que no es adecuado asistir a una clase universitaria como si fuera a un photocall. O las palabras de la concejala de Madrid frente a la acusación por hacer un toples en la capilla de la Complutense al grito de «el Papa no nos deja comernos las almejas» o «menos rosarios y más bolas chinas», que no consideró delito porque entendía que eran «cosas de juventud». O la versión del padrenuestro blasfemo premiado por Ada Colau, que hace falta tener mucha fe para aguantar tanta provocación gratuita. Y todo esto no lo hacen adolescentes, sino adultos que parecen necesitar explorar los límites para saber hasta dónde puede llegar la omnipotencia de su deseo. Algunos llevamos tiempo alertando que vivimos en una sociedad donde el derrumbe de todas las figuras de autoridad ha provocado la adultización de los niños y la infantilización de los adultos. Parece que esos niños adultizados que profetizamos ya se han convertido en adultos y quieren ejercer la autoridad que tanto denostaron y desconocen. No es de extrañar que zarandeen al concejal de Madrid y este se pregunte perplejo si no habrá algún delito en las conductas que hasta ahora alentó y quiera que actúe «la autoridad» sobre ellas. Prefiero escuchar las Goldberg buscando algo en la actualidad que no dé tan mal rollo a seguir removiéndome con estos asuntos. Al final lo encontré. Estamos en tiempo de cocido. Antropólogos de la talla de Claude Levy-Strauss o Faustino Cordón explicaron su importancia para la humanidad. Ambos sitúan lo crudo y lo cocido, así como el acto de cocinar y compartir la comida, como factor determinante en nuestra evolución. Tuvimos que cazar al mamut, aprender a cultivar, descubrir el fuego, y desarrollar la alfarería antes de conseguir la alquimia del cocido. La adoración casi totémica que se tiene en Galicia por este plato ancestral encuentra explicación en el hecho de que el gallego es un maestro cocedor y dispone de la mejor materia prima para cobrar ventaja sobre el resto de las variedades que disfrutamos en nuestro país. El cocido en Galicia es un vicio insaciable, un acto logrado. Aquí se junta la gente para comer cocido como el que va al notario. Nada como estas Goldberg y un buen cocido para sacudirse el mal gusto de toda esta coprolalia juvenil.