Beaconsfield
Opinión
15 Nov 2015. Actualizado a las 05:00 h.
Beaconsfield es una pequeña localidad de Buckinghamshire, situada a unos 40 kilómetros de Londres, donde conviven pacífica y civilizadamente unos 12.000 ingleses. En ese lugar vivió, escribió y murió una de las mayores inteligencias del siglo XX: el periodista y narrador Gilbert Keith Chesterton, un autor que a través del tiempo ha mantenido intacta su capacidad para hacer felices a sus fieles y heterodoxos lectores.
Chesterton, que según su propio testimonio residió en Beaconsfield desde que era casi un pueblo hasta que se convirtió, «como insolentemente dice el enemigo en casi un suburbio», dedica un capítulo de su maravillosa Autobiografía a las peripecias que se vivieron en el municipio alrededor de la instalación de una cruz en recuerdo de los caídos en la Primera Guerra Mundial. Al margen de la disputa entre devotos y laicos que agitó durante unos días la beatífica existencia de los vecinos de Beaconsfield, el escritor reflexiona en este pasaje sobre el significado profundo de la Gran Guerra y explica por qué él, que con tanta vehemencia se había opuesto al conflicto por la independencia de Irlanda y a la guerra de Sudáfrica, había alzado en cambio su voz a favor de la intervención del Reino Unido en la Primera Guerra Mundial.
Porque el monumento, recuerda, se erigió allí, en un cruce de caminos, para conmemorar que algo se había salvado de la Gran Guerra:
-Lo que se había salvado era Beaconsfield; de la misma manera que lo que se había salvado era Gran Bretaña y no un Beaconsfield ideal, ni un Beaconsfield perfecto o que progresaba perfectamente, ni un nuevo Beaconsfield con verjas de oro y perlas caídas del cielo, sino Beaconsfield. Un cierto equilibrio social, una forma de vida, una determinada tradición en la moral y en las costumbres, que en ciertos aspectos deploro y en otros valoro, y que amenazaban con caer en un estado de absoluta y tal vez permanente inferioridad e impotencia, comparadas con otras tradiciones y modos de vida.
Para Chesterton, por supuesto, la única guerra defendible es la guerra defensiva, «aquella de la que el hombre vuelve apaleado, sangrante, y presume tan solo de no haber muerto».
Releer a Chesterton a la luz de los sanguinarios atentados de París nos recuerda que tal vez nos equivocamos al invadir Irak o al jugar a la geoestrategia en Siria. Como en otros tiempos el Reino Unido se equivocó en Irlanda o Sudáfrica. Pero, como hizo Inglaterra en las dos guerras mundiales, tal vez ha llegado el momento de salvar de nuevo Beaconsfield. El momento de acudir a esa guerra defensiva, de la que uno vuelve apaleado y sangrante, con la única esperanza de regresar vivo. Porque Beaconsfield unos días se llama Nueva York, otros Madrid o Londres y ahora mismo se llama París. No es un Beaconsfield ideal. Ni perfecto. Pero es nuestro Beaconsfield.