¿Qué hacer con el panteón del Gaiás?
Opinión
17 Aug 2015. Actualizado a las 05:00 h.
En la Cidade da Cultura, uno de los grandes panteones de Europa, están enterradas cuatro mayorías absolutas, que, por ser ejercidas a arroutadas y sin proyecto de país, pasaron sobre nuestra tierra como una exhalación, dejando mucho cemento y asfalto pagado por la UE, pero sin resolver ninguno de los problemas estructurales -sociales, económicos, territoriales y culturales- que lastran la modernización y el progreso de Galicia.
También yace allí una época triste -la de la abundancia y el derroche- que fue jaleada por los que ahora la critican y por los votos irreflexivos que confundieron el paternalismo con la buena gestión. De esas mayorías forman parte los políticos e instituciones culturales, públicas y privadas, que estuvieron callados como muertos mientras la megalomanía egipcia avanzaba impasible hacia la nada. Y también los técnicos y arquitectos que, abraiados por el gurú venido de Nueva York, no se dieron cuenta de que en aquellos carísimos edificios había más desmesura que belleza, más negocio que funcionalidad y más presunción que estudio, y que todo ello daría en un casco inutilizable, que envejece muy mal, en medio de sus absurdos cánones estéticos.
También se pudren allí los Gobiernos posteriores a la desfeita, que, obnubilados por el fogoso activismo de Fraga y por la ignorancia cósmica de Pérez Varela, no fueron capaces de pararlo a tiempo, ni de reconvertirlo, ni de acabarlo, ni de venderlo o regalarlo al primero que pasaba por allí, y que quisieron probar si, pasando de una construcción caliente y acelerada a otra tibia e invisible, se podía difuminar la machada en las brumas del Noroeste.
Y tampoco debemos olvidar que entre los fracasos allí representados se perciben otras obras, igual de inútiles e igual de arroutadas -puertos, aeropuertos, museos de la nada, infraestructuras culturales vacías, fundaciones ruinosas y otras muchas hierbas-, que solo consiguen disimular su irracionalidad con los afeites del localismo, con la apariencia que generan sus usos menguados y secundarios, y con la ventaja de ser esos pecata minuta que el coloso del Gaiás convierte en faltas veniales.
Así que, para reciclar tanta miseria, hay dos soluciones. La primera, convertir el Gaiás en un parque temático del botafumeiro, para que las masas de turistas-peregrinos puedan verlo sin entrar en la ciudad, ganar un simulacro de jubileo y escapar como foguetes hacia las Rías Baixas, dejando en paz la santa catedral. Y la segunda consistir en trasladar allí la Facultad de Ciencias Políticas, para que los alumnos aprendan in situ lo que no es política y jamás se debe hacer. También podría ser una experiencia obligada para que las generaciones futuras de gallegos aprendan lo caros e inútiles que resultan los políticos milagreiros. Pero para este uso, supongo, no habrá consenso.