La Voz de Galicia

¿Hasta cuándo?

Opinión

José Blanco López

04 Dec 2014. Actualizado a las 05:00 h.

E l mundo del fútbol ha vuelto a teñirse de luto por causa de la violencia. La tragedia es nuevamente irreparable: nadie podrá devolver ya la vida a Francisco Javier, la última de una larga lista de víctimas de la violencia y la intolerancia en los estadios de fútbol y sus aledaños.

Siempre que ocurre una tragedia como esta, no puedo dejar de preguntarme por qué, qué hay en el mundo del fútbol que provoca esa ira, que atrae la violencia extrema que lleva a quitar la vida a otra persona. ¿Forma parte esto también del fútbol? ¿No se puede luchar para desterrar la violencia de los estadios? ¿Acaso no se puede acudir a un estadio de fútbol, sea del equipo propio o del rival, sin miedo a insultos, amenazas o agresiones?

Lamentablemente, no alcanzo respuestas optimistas a esas preguntas.

A pesar del arte y la belleza con que nos han maravillado, y siguen haciéndolo cada día determinados equipos y jugadores, hay algo en la naturaleza del fútbol que lo engarza en las más bajas pasiones de las personas. El fútbol se ha convertido en expresión de tensiones de todo tipo, sociales e identitarias: banderas, himnos, cánticos, consignas, elementos de guerras simbólicas en las que todo vale para derrotar al rival convertido en enemigo. De esa forma, el salto de la violencia simbólica -solo hay que ver el lenguaje que rodea al mundo futbolístico- a la real se hace más corto.

Desde luego, creo un error circunscribir los actos violentos o las muertes en el fútbol a un problema puntual de personas o grupos radicales. A este respecto, lamento profundamente las declaraciones del presidente del Atlético de Madrid echando balones fuera porque el enfrentamiento violento no ocurrió en el estadio, sino fuera de él. Como si eso cambiara algo. Al igual que lamento que la propia Federación Española de Fútbol y la Liga de Futbol Profesional -desconozco a quien compete- no hubieran tomado cartas en el asunto impidiendo la celebración de ese partido en tan terribles circunstancias, todo un gesto de indiferencia ante el dolor de la familia de la víctima, pero también ante la propia violencia.

Lamentablemente, ha habido, y sigue habiendo, excesiva comprensión hacia esos grupos, muchas veces tolerados por clubes que prefieren no encarar el problema y restarle importancia porque lo que prima es el sentimiento compartido -el amor al club- y no la expresión violenta del mismo. Son escasos, de hecho, los clubes que han tenido el arrojo suficiente para cerrar las puertas de sus campos a esos grupos ultras: lo hizo el Barcelona en tiempos de Joan Laporta, lo ha hecho el Madrid con Florentino Pérez.

Sin embargo, esa es la única vía que puede librarnos de la violencia en el fútbol. Tal y como nos enseñan las experiencias vividas en otras grandes ligas, como la inglesa o la alemana, el primer dique de contención contra la violencia deben elevarlo los propios clubes desterrando de las gradas a los grupos ultras, verdadera gangrena que corroe la afición pura por este deporte.

El segundo debe ser la aplicación estricta de la Ley contra la Violencia, el Racismo y la Intolerancia en el deporte y la represión de esos grupos violentos con todos los instrumentos al alcance del Estado de Derecho.

Y el tercero, y es lo que me ha animado a promover una declaración en el Parlamento Europeo en este sentido, una acción decidida por parte de la Comisión Europea para comprometer a las instituciones europeas y a los Estados miembros en la promoción del valor del deporte y en la erradicación de toda forma de violencia, intolerancia, racismo y xenofobia en el fútbol y demás manifestaciones deportivas.

El fútbol es un juego, la violencia no. Preservemos el primero, erradiquemos la segunda.

José Blanco López es parlamentario europeo.


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