La Voz de Galicia

El desanimado

Opinión

Fernando Salgado

01 May 2014. Actualizado a las 07:00 h.

Mariano Rajoy está feliz. «Estoy muy contento, las cosas van bien», dijo. El último parto de la EPA, a falta de rollizos empleos, le deparó 2.300 parados menos en el primer trimestre del año. Menos da una piedra. La criatura nació escuchimizada, se mire por donde se mire, pero no pretendo aguarle la euforia a nuestro presidente. Solo quiero recordarle que todo -su alegría, su optimismo, incluso su poltrona- se lo debe a un personaje nunca bien ponderado: el desanimado. Dicho de otra manera: la felicidad de Rajoy se agiganta a medida que cunde el desánimo entre los ciudadanos. A mayor desesperación ciudadana, mayor dicha en la Moncloa. Y esta no es una afirmación gratuita o malévola, sino un principio demostrable científicamente. Y a ello voy.

La economía española destruyó 184.600 empleos en los tres primeros meses del año. En el mismo período menguó la población activa en 187.000 personas. La resta de ambas cifras arroja, como resultado, la raquítica reducción del paro que colmó de gozo el corazón presidencial. Hagamos balance: que caiga el paro es bueno, que descienda el número de activos es malo, que se destruya empleo es peor. Curioso silogismo este: de la resta de dos proposiciones negativas se obtiene una tercera que produce alborozo.

¿Pero qué significa la pérdida de población activa? ¿A qué obedece? Menos de un tercio de la sangría se debe a la herencia de una estructura demográfica envejecida: en el primer trimestre del año disminuyó en 59.600 el número de españoles en edad de trabajar. Sin embargo, más de dos tercios de la hemorragia tienen su origen en el derrotismo que invade a quien busca un hueco en el maltrecho mercado laboral. Los desanimados son los principales responsables del desplome del número de activos y, simultáneamente, quienes contribuyen decisivamente a reducir las cifras del paro. Cada inmigrante que se va, cada español que emigra, cada joven que retoma los estudios aparcados, cada mujer que opta por recluirse de nuevo en la cocina doméstica, cada parado que cesa en la búsqueda y se tumba a la bartola, cada uno de esos desanimados se traduce en un activo menos. Y en un desertor del ejército de parados.

Con lo cual ya estamos en condiciones de formular una ley económica de carácter universal: el paro disminuirá siempre que el desánimo entre quienes buscan empleo se propague a mayor velocidad que la destrucción de puestos de trabajo. A ese principio irrefutable -como demuestran empíricamente los datos de la EPA del primer trimestre- podemos incorporarle una adenda: la felicidad del presidente del Gobierno depende, en relación directamente proporcional, de la frustración de los seis millones de ciudadanos que buscan trabajo.


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