L'amour
Opinión
19 Jan 2014. Actualizado a las 07:00 h.
En el tiempo del Twitter hay que tener cuidadín con los affaires. No es que la Francia de la doble vida de Miterrand, el país que vivió ajeno a las fugas libidinosas de Giscard d'Estaing, la patria del marqués de Sade y de la Pauline Réage de Historia de O esté viviendo un brote de frivolidad que les impele a refocilarse con las pulsiones sexuales de Hollande. Un francés de hoy no tiene más motivos de los que tuvo su abuelo para juzgar a sus políticos por su actividad sexual y los límites en los que esta discurre. La diferencia está en la capacidad que hoy tiene de enterarse de cosas que hasta unos años eran ocultadas y distorsionadas. Si la vida, por ejemplo, de Juan Carlos I hubiese sido escrutada, ventilada y expuesta con la misma contundencia con la que nos enteramos de ese romance crepuscular con la princesa Corina, la crisis que hoy soporta la Corona se hubiese anticipado varias décadas. Podemos ponernos estupendos y proclamar que somos más respetuosos que nadie con la sexualidad y la privacidad, pero ese respeto suele esfumarse en cuanto afloran los detalles. Es esa portera que chapotea en el interior de muchos de nosotros la que explica las audiencias de determinados programas de televisión. La opinión pública se conforma hoy por un sistema de redes que ha sustituido a la estructura piramidal de antaño. Entonces, también en las democracias, la información se generaba en la punta superior del triángulo social, desde donde se controlaban los impactos. Pero hoy, con las redes sociales, esa estructura ha saltado por los aires. Admitámoslo. Si Rajoy hubiese sido pillado descabalgando una moto ante el portal de una pareja alternativa, tendría el mismo lío que Hollande. Aunque quizás elegiría un plasma para dar explicaciones.