¿Cuánto nos importa la libertad de los demás?
Opinión
01 Apr 2012. Actualizado a las 07:00 h.
Benjamin Constant, uno de los pensadores más influyentes del siglo XIX, pronunció en 1819 el discurso anual de apertura de las sesiones del Real Ateneo de París y fijó en él la idea de libertad de la que hoy somos deudores en las sociedades democráticas. No necesitó Constant muchas palabras, sin embargo -algo menos de ocho mil-, para reflexionar con una hondura deslumbrante sobre lo que llamó «la libertad de los antiguos comparada con la libertad de los modernos». Y es que, para él, iba a ser esta última libertad la que habría de definir el mundo del futuro, es decir, el mundo en que hoy vivimos.
La libertad, que es para Constant el disfrute de los derechos personales, parte esencial del programa constitucional que entonces estaba empezando a construirse, exige no solo que la autonomía individual pueda ejercerse dentro del marco de la ley sino, además, que la ley respete esa misma autonomía.
Aunque de entonces a acá han pasado casi dos centurias, no estoy seguro de que la sensibilidad hacia la libertad haya ganado en la mente de millones de españoles el espacio fundamental que le corresponde. Recuerdo, por ejemplo, las pocas voces que se alzaron hace unos años, cuando la Generalitat de Cataluña legisló la obligación de los padres adoptivos de informar a sus hijos de esa circunstancia, lo que constituye a mi juicio una intromisión inadmisible en un ámbito de libertad personal que ningún poder público tiene derecho a traspasar.
Estos días he vuelto a pensar en el valor de la libertad y a sorprenderme de la escasa sensibilidad de nuestra sociedad frente a las coacciones que, con motivo de la huelga del día 29, han sufrido decenas de miles de personas. En primer lugar todas las que, deseando ejercer el derecho de huelga, no han podido hacerlo por la presión, abierta o subrepticia, de sus empleadores. Una presión que es, si cabe, más inicua en una situación de crisis en la que nadie, salvo los funcionarios, está en condiciones de jugarse su empleo si sabe que el efecto de parar podría ser que lo despidan. Es verdad que, dada su naturaleza, esas presiones no suelen salir a la luz, por lo que combatirlas resulta muy difícil.
Pero la misma indiferencia hacia la libertad de los demás se ha puesto de relieve frente a otras presiones que se han producido de forma pública y notoria: hablo, claro, de la inaceptable acción de unos piquetes supuestamente informativos que en realidad no informan a nadie de lo que todo el mundo sabe ya, sino que obligan a hacer huelga a la fuerza a quienes desean trabajar. ¿Por qué ha de sufrir un comerciante, sin que pague por ello nadie más que el afectado, que taponen con silicona la cerradura de su negocio, destrocen sus lunas o las conviertan en un mural de propaganda? ¿No resulta más propio de gánsteres que de sindicalistas amedrentar a quienes quieren entrar en su trabajo u obligar a salir y a echar el cierre a quienes ya lo han hecho antes de la llegada del piquete?
La libertad individual, repetía Constant, es la verdadera libertad de los modernos. Pero esa libertad ha sufrido mucho el día 29 mientras todo el mundo repetía -¡qué tristeza!- que la huelga no había provocado más incidentes que los ya consabidos en la ciudad de Barcelona.