Fraga, profesor
Opinión
17 Jan 2012. Actualizado a las 06:55 h.
D e Manuel Fraga se pueden y deben decir muchas cosas, pues de gigantesca se califica, sin temor a equivocarnos, su presencia durante más de medio siglo en la vida no solo política, sino pública española. En el recuerdo se encuentran muchas de sus relevantes aportaciones a la mejora de nuestra res pública: la modernización y apertura del régimen franquista, su destacado paso por la embajada en Londres, su apuesta inequívoca por la democratización de la España posfranquista, la constitución primero de Alianza Popular y después del Partido Popular, su condición de padre constituyente de nuestra Carta Magna de 1978 o su longeva presidencia al frente de la Xunta. Manuel Fraga era un animal político, un zoon politikon, comprometido con su amada España y su queridísima Galicia. Y muchas, muchas cosas más. Es difícil encontrar alguien con más variados y fructíferos perfiles.
Pero deseo ahora resaltar su condición de brillante profesor universitario, seguramente uno de sus aspectos menos conocidos para la mayoría de la opinión pública. En efecto, Manuel Fraga fue catedrático del antes denominado Derecho Político y Teoría del Estado, cuya cátedra obtenía brillantemente por oposición en la Universidad de Valencia, y después en la antes denominada Universidad Central, hoy Universidad Complutense de Madrid. Además de estar al frente de uno de los organismos más señeros en el estudio de las materias políticas y jurídicas. Me refiero al entonces llamado Instituto de Estudios Políticos, hoy Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, donde todavía intervino durante los años noventa en algunos ciclos de conferencias sobre la transición política y la elaboración de la Constitución de 1978.
Con el paso de los años tuve la fortuna de participar en alguno de los cursos que con extraordinaria eficacia organizaba el profesor Domingo Bello, al frente de la Escola Galega de Administración Pública. Luego la Universidad Rey Juan Carlos disfrutó de la oportunidad de poder distinguirle con su máxima condecoración, junto con los demás padres de la Constitución, en la apertura del curso académico 2003-2004 de las universidades españolas presidido por don Juan Carlos. A partir de ese momento, fue constante su presencia en los distintos actos de apertura y fiestas de Santo Tomás de Aquino organizadas por la Universidad Rey Juan Carlos. Su afecto y cercanía con mi Universidad fue siempre grande. Lo que atestiguaba, nuevamente, cuando eligió el Servicio de Publicaciones de la URJC para publicar y presentar el último de sus libros más académicos: El futuro del Estado autonómico.
Sus obras son rigurosas, exhaustivas, documentadas y sugerentes. Casi ninguna materia le fue ajena. En el Derecho comparado sobresalen sus libros sobre el Congreso y la política exterior de Estados Unidos y el Parlamento británico. En la historia política y el pensamiento resaltan sus contribuciones sobre Cánovas, Maeztu y otros discursos de la Segunda Restauración, sin olvidar su obra sobre Saavedra Fajardo y la diplomacia de su época. Pero aún tuvo tiempo, ya en pleno régimen constitucional, para prestar atención a las relaciones entre el Estado y la Iglesia, la Constitución española de 1978 y sus reseñadas reflexiones finales sobre el Estado de las autonomías.
En suma, se nos ha ido un maestro con mayúsculas. Alguien, en palabras de Marañón, que transmitía conocimientos, sabiduría, y además valores. Gracias por ello.