La Voz de Galicia

Cogomelos

Opinión

RAMÓN PERNAS

12 Nov 2006. Actualizado a las 06:00 h.

LA LLUVIA del otoño hace que en el corazón del bosque broten esas gemas vegetales que en forma de hongos y de setas anuncian la muerte del verano. Los cogomelos son los heraldos del otoño, una nación subterránea que emerge cuando octubre decreta la sinfonía de la lluvia y el último sol que media entre San Miguel y San Martín se asoma a las fragas y a las carballeiras colándose juguetón por entre los hayedos. Y es el mágico regalo del hallazgo cuando la amanecida se desparrama por todo el campo y las setas de cardo o de roble, el humilde níscalo o el popular boletus tapizan el campo y la mañana. Este año las amanitas mintieron con sus trampas de olores a los recolectores menos avisados. En Galicia y en León, dos viejos reinos, la tradición de buscar y después comer setas es tan escasa como reciente, y un ejército de amanitas se camuflaron al pie de los carballos y abrieron la puerta de la muerte que llega por la rendija del veneno. Es la venganza del bosque, la celada tendida por el ejército de gnomos, los encantos que habitan los castros, los trasgos traviesos de las cuevas que guardan los tesoros, el laberinto, querido Guillermo, del fauno que nos invita a desorientarnos y perdernos por entre el paisaje de la geografía universal de setas y hongos sembrados por los caminos secretos del más animado de los bosques. Es como si el frente de liberación de los enanitos de jardín, muy activo en la campiña francesa -véase el excelente filme Amelie - se dispusiera a proteger la selva feliz de los cogomelos y se cobrara sus víctimas envenenándolas con el perfume intenso de la amanita que tiene el sabor dulce de un pecado. Comer setas es saborear el árbol primigenio, el árbol de la vida, el del bien y del mal; los hongos son cipreses y vidueiros, carballos y salgueiros que se quedaron al pie de los árboles petrucios, de sus hermanos mayores y lanzales pidiendo cobijo y protección. Mi país es una orgía de cogomelos cuando noviembre alarga las noches, con un paisaje floral de flores sin pétalos, los ocres y los verdes, el sombrero moteado de carmines ponen color de otoño a todo el bosque y el viento de la tarde acude puntual antes de que el lobo baje con la nieve y con la noche. Celebro que todo el paisanaje se haya incorporado a la cultura de las setas, gemas vegetales que nos acercan a las claves secretas de cuando el hombre se despertó sobre la tierra y quiso ser árbol; acaso por eso las setas y los hongos cupieron en su mano.


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