La Voz de Galicia

La otra cara de Estocolmo

Opinión

| EDUARDO CHAMORRO |

02 Sep 2006. Actualizado a las 07:00 h.

«SI ME ABANDONAS, me suicido. Si te vas, me tiro al tren». Esas pudieron ser sus últimas palabras, las que pronunció cuando ella le dijo que iba a dejarle. Ambos cumplieron. Ella se fue no porque él se distrajera con el ruido de cualquier herramienta o con la necesidad de alejarse en busca de una mejor cobertura para su telefonito. Natascha Kampusch, la joven austriaca de la temporada, se fue porque eso era lo que había decidido, sin que a él, Wolfgang Priklopil, el suicida de este verano, le quedara mucho más margen de réplica que la protesta de sus sentimientos y el anuncio de lo que pensaba hacer con su vida si ella se iba para siempre. Así pudieron ser las cosas en esta historia que comenzó hace más de ocho años con el secuestro de la niña Natascha, a la sazón de diez años, y que ha llegado a su final con la aparición de la misma, con dieciocho años, para decir que Wolfgang, su secuestrador de entonces -al parecer, tan apacible como suelen serlo todos para sus semejantes y vecinos, incapaces de prestar la más mínima atención al perfume a manada de lobos que llevaba aquel hombre en su nombre-, «no era mi amo. Yo era igual de fuerte, pero, simbólicamente hablando, me llevaba en volandas y me trataba a patadas. Sin embargo, y eso lo sabía él y lo sabía yo, se equivocó de víctima». En ocho años pueden pasar muchas cosas. Con un año menos, el organismo cuenta, al parecer, con el tiempo suficiente como para renovar todos sus sistemas metabólicos. Y no parece probable que la secuestrada, la niña Natascha, de diez años entonces, tuviera ya lo bien puesta y renovada que ahora tiene la cabeza. Tampoco hay muchas evidencias de que las muchachas que ahora cuentan con dieciocho años, y ninguno de secuestro, se expresen con similar desenvoltura, ni con un grado de articulación de las ideas semejante, ni con la imprescindible perspicacia para una gestión de las percepciones como la manifiesta en las palabras de la joven Natascha, de dieciocho años, casi una intelectua. Una vez alejada de su secuestrador, y suicidado éste, la joven se ha recluido voluntariamente en un lugar sólo conocido de la policía, desde el que ha enviado una carta a los medios, explicando su modo de ver las cosas y dejando claro que está tan dispuesta a querellarse con quien se pase de impertinente con ella, como a no ponerle la vista encima a sus padres mientras no se lo pida el cuerpo. Alguien se ocupó de adiestrar su cabeza de manera que a estas alturas no ha vacilado a la hora de poner ciertos puntos sobre las íes. Ella asegura no tener la sensación de haberse perdido algo durante esos ocho años. «Me he ahorrado algunas cosas, no haber comenzado a fumar y a beber y no haber tenido malas amistades». Puede deducirse que no considera una mala amistad al suicidado que la mantuvo alejada del alcohol y del tabaco. Quienes la observan insisten en que habla así porque padece el síndrome de Estocolmo. Pero no se sabe que ese síndrome proporcione el nivel de un buen bachillerato. Lo que sí se sabe es que, a veces, conduce al suicidio.


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