La Voz de Galicia

Mahfuz

Opinión

CARLOS G. REIGOSA

| O |

31 Aug 2006. Actualizado a las 07:00 h.

SIEMPRE quiso ser un escritor, y no deseaba vivir ni un segundo después de que lo abandonase esa pasión. Naguib Mahfuz, el único Premio Nobel árabe (1988), falleció el pasado miércoles a los 95 años de edad, dejando tras de sí, además de una profunda huella literaria, un esperanzador mensaje social y político. Porque, desde que obtuvo el reconocimiento internacional, su voz desbordó el ámbito literario, para convertirse en un filósofo y un profeta del entendimiento entre sociedades, religiones y civilizaciones. Hasta el extremo de considerar la globalización como una oportunidad para un fecundo diálogo universal. El gran escritor de El Cairo se convirtió así en un adalid de la sociedad civil y en un baluarte contra los extremistas religiosos (que le lanzaron una fatwa o condena de muerte y que atentaron contra él hace doce años). Pero nunca lograron silenciar su voz. Orgulloso de la civilización egipcia -una de las más antiguas de la historia de la humanidad-, veía las diferencias culturales y religiosas como algo enriquecedor y no como un lamentable pretexto para la confrontación. Tuve la ocasión de estar en el bar que frecuentaba en El Cairo, cuando él ya había dejado de ir poco antes. Allí estaban su silla y su ausencia. Un inteligente egipcio copto me habló de él con veneración. «Era un enamorado de lo suyo, pero respetaba tanto lo de los demás que a veces nos desconcertaba». Porque Mahfuz era, a su modo, un revolucionario de los de «libertad, igualdad, y fraternidad». Un hombre seguro de que la democracia es la única solución. Y un convencido de que el Islam y el cristianismo son religiones que encarnan llamamientos a la convivencia, por más que haya extremistas que manipulen sus valores para justificar injusticias y guerras. Ha muerto Mahfuz, pero nos queda su pensamiento imprescindible, surtidor de esperanza.


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