La Voz de Galicia

Ocio

Opinión

| FEDERICO FERNÁNDEZ DE BUJÁN |

19 Aug 2006. Actualizado a las 07:00 h.

EN EL MUNDO antiguo, en la Grecia y la Roma clásicas, para el hombre pudiente el concepto de ocio no estaba vinculado a la noción de trabajo como un período de cesación del mismo. Por el contrario, el otium era el estado natural del individuo en el que éste llevaba a cabo una actividad que le realizaba como persona. En el más puro ocio, el filósofo o el jurista ejercían su oficio, que, en ningún caso, podía considerarse trabajo conforme a los parámetros actuales. Frente al ocio se habla de negotium -la partícula neg implica negación- como la realización de un trabajo que supone no ocio, al realizarse por obligación. Toda actividad retribuida era negocio. Nuestra sociedad contemporánea, por el contrario, entiende el período vacacional como un tiempo de ocio que se disfruta después de haber trabajado. En bella expresión italiana, primo lavorare, dopo piacere. Tanto es así que, de acuerdo con la legislación laboral, quien comienza a trabajar no tiene todavía derecho a disfrutar de sus vacaciones anuales. El ocio es además una verdadera necesidad del hombre. Es necesario reivindicar el concepto de homo ludens junto con el de homo faber. Si el trabajo dignifica al ser humano, disfrutar del descanso es su ineludible complemento. Afortunadamente hoy es un derecho del trabajador, una conquista social relativamente reciente, que costó muchos esfuerzos frente a los abusos del liberalismo capitalista decimonónico. Se descansa por haber trabajado y para reponer fuerzas antes de volver a trabajar. Hay un ocio reparador junto a un ocio creador. El primero hace referencia a las fuerzas físicas; el segundo, al cuidado del espíritu. Con el primero se relajan las tensiones, se cargan pilas y se reponen esas fuerzas agotadas; con el segundo, el hombre puede dedicarse a las aficiones que le agradan y cultivan. El ocio no es, pues, sólo cesación de trabajo sino también cambio de actividad. El dolce far niente reparador debe completarse con ese placer de hacer aquello que el trabajo, tantas veces asfixiante, no permite. Solo así se descansa y se disfruta, sin cansarse de no hacer nada.


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