La rosa y la serpiente
Opinión
18 Jul 2006. Actualizado a las 07:00 h.
POCOS políticos como Charles Maurice de Talleyrand han demostrado a lo largo de la historia tan portentosa capacidad de perdurar: desde que en 1780, en pleno absolutismo, fuera nombrado agente general del clero en Francia, hasta que de 1830 a 1835, ya bajo la liberal monarquía de julio, desempeñó el puesto de embajador ante la graciosa majestad del Reino Unido, Talleyrand fue de todo con todos, y a todos, ¡incluso a Robespierre!, logró sobrevivir. En sus Memorias dejó escrito un pensamiento que debió inspirar, sin duda, su regla de conducta: «Lo que es exagerado, es insignificante». No es posible expresar con más concisa precisión el vicio mayor que acompaña siempre a los excesos: que a base de perder pie con la realidad terminan por ser sencillamente irrelevantes. Don Francisco de Quevedo lo había escrito mucho antes, insistiendo en esa idea central de que a quien se empeña en exagerar se le va el discernimiento: «El exceso es el veneno de la razón». La mucha que tenía el PP del País Vasco al criticar la errática -y por momentos indecente- deriva de la nueva dirección del PSE, la ha perdido de un golpazo con la utilización partidista de una imagen que daña la sensibilidad de cualquier ciudadano de bien, al margen de cuáles sean sus ideas: la de la serpiente de ETA enroscada en el tallo de la rosa del PSOE. Es esa una imagen tan sucia que la crítica que con ella se sugiere resulta, por exagerada hasta lo obsceno, completamente insignificante: nadie en su sano juicio atenderá los argumentos del PP, que tienen muchas razones consistentes para criticar la política oportunista y sectaria del PSE, si el PP se empeña en asociar con ETA a un partido que lleva años combatiéndola codo con codo con el propio Partido Popular. Ambos partidos han pagado tan alto precio en esa lucha que la brutal imagen de la rosa y la serpiente ofende no sólo a quienes supuestamente quiere herir, sino también a los que se han prestado a utilizarla de manera tan injusta y torticera. María San Gil, que se ha ganado a pulso el respeto que le tenemos millones de españoles, debería ordenar su inmediata retirada: ni el PSE, ni ella misma, se merecen una ocurrencia que sólo puede salir del magín de un desalmado. De hecho, unos desalmados son, al parecer, los padres de la fotocomposición publicada originariamente en Gara . Algún dirigente del PP se ha defendido de la justa indignación que ha levantado la imagen argumentando, precisamente, que se habían limitado a tomarla del diario de los amigos de ETA y Batasuna. Pero eso no es una justificación: es, todo lo más, una verdadera confesión de parte.