La Voz de Galicia

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Opinión

LUÍS VENTOSO

03 Jul 2006. Actualizado a las 07:00 h.

VALENCIA, lanzada por los gobiernos de Madrid como una alternativa no nacionalista frente a Barcelona, se ha convertido en una de las urbes más pujantes del Mediterráneo. Sus vecinos, gente valiosa y de nervio, le han dado la vuelta a su ciudad, que en tres lustros ha pasado del tipismo de la pólvora y el arroz a vender vanguardia y futuro. Valencia se asocia hoy a la arquitectura de firma, al arte de vanguardia y a buenos negocios. Estos días vivía su merecida semana de gloria: en su costa se disputaba la Copa América, la prueba de vela más notoria; y el fin de semana reciben al Papa. Un choque bajo tierra, impredecible y sangriento, ha cambiado fiesta por luto. La conmoción por los más de treinta muertos del metro nos sacude a todos, nos deja destemplados. Es lógico. Las televisiones interrumpen la programación. Los líderes mundiales nos envían su pésame. La compasión y la solidaridad de todos miran a Levante. Ayer ocurrieron más cosas. Fuera de foco, un lanchón artesanal con 37 africanos zozobró cuando navegaba rumbo a Canarias. También allí puede llegarse al escalofrío de treinta personas muertas. Pero es una rutina trágica, que queremos lejana, aunque en secreto sepamos que más pronto que tarde nos va a estallar en la cara.


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