Más que ayer
Opinión
10 Feb 2006. Actualizado a las 06:00 h.
EN LA arqueología de lo cursi, en la antología hispana de lo kisch, hizo furor comercial una medalla conmemorativa que aseguraba que hoy te quiero más que ayer pero menos que mañana . La llamada medalla del amor lució resplandeciente en miles de cadenas, dijes y demás nomeolvides. Junto con los cojines de ganchillo en la parte trasera de los automóviles, el papá no corras y el perro de inquieta cabeza fueron símbolos de un tiempo y de un país que poco, afortunadamente, se parece a éste. Los enamorados llevan medallas votivas en sus miradas bovinas, en el frenesí que desgobierna las endorfinas, y en la proximidad de la vecina primavera que altera todos los equilibrios hormonales. Enamorarse es el más antiguo de los sentimientos, no pasa de moda aunque las modas modifiquen sus rutinas. En vísperas de San Valentín, la gran fiesta anglosajona del amor, nuestra memoria literaria nos lleva a una estancia en Reno para después pasar la noche con la persona amada en uno de esos hoteles horteras de Niágara Falls con camas en formas de corazón, techos con espejo y música zíngara de violín reiterada en el hilo musical. Antiguamente, muy antiguamente, Roma celebraba a mediados de febrero las fiestas lupercalianas, que eran una exaltación sexual llena de ritos para promover la fertilidad. Mantenían que la loba que engendró a Rómulo y Remo había creado tradición de evitar la esterilidad en lugares concretos de la eterna ciudad. Las lupercarias eran un desmadre total que se fue extendiendo por todo el imperio, y en eso llegó el cristianismo y santificó las fiestas, y así, o de forma parecida, nació la leyenda de San Valentín, santo mártir muerto en el 270 de nuestra era y venerado en Terni. Patrón de los enamorados, es el más volátil de los patronos, pues el amor es un estado transitorio que se disuelve en el cariño y se extingue con la rutina, aunque las jóvenes sociedades como la norteamericana busquen permanentes referencias y hagan de la leyenda tradición. Así, occidente conmemora el 14 de febrero con el almíbar, con el azúcar derretido de las parejas que comienzan a amarse. Y bien está el Valentines day , la fiesta de las flores -se venden más rosas que en Cataluña en San Jordi-, el avance más inmediato de que la primavera es una certidumbre, el rito anual del más que ayer... , como si el día de antes fuese sólo el peldaño de una escala que sube al cielo rosa de los enamorados. Como un bolero. Yo nada tengo en contra del santo ni contra Cupido o Eros, la proclamación del amor sigue siendo un gozo y enamorarse, un privilegio. Antes fue Santa Claus, Papá Noel; después el Haloween, que avanza peligrosamente para confundir el día de difuntos; llegó con febrero San Valentín y si los romanos impusieron sus costumbres, me veo comiendo pavo para conmemorar el día de acción de gracias. En unos años, todos yanquis. Feliz San Valentín.