La Voz de Galicia

Calentando más el ambiente

Opinión

| GERARDO GONZÁLEZ MARTÍN |

13 Oct 2005. Actualizado a las 07:00 h.

MIS NIETOS recibirán en herencia uno de los legados que les hice en vida a mis hijos: la paciencia infinita necesaria para esperar que algún día exista en este país una regulación de la huelga y del paro que sea justa para los promotores del conflicto y también para los consumidores. Será verdad lo que dicen las encuestas, que éste no es un país de derechas, pero los hechos, tozudos, demuestran que sí lo es de derechos. Que lo sea de obligaciones resulta más difícil de demostrar. A esperar, pues, sin el consuelo de aquella lejana Sara Montiel de su etapa precubana, que esperaba fumando en el cómodo diván. En la madurez de mis nietos, el fumador será una especie extinguida, quizá más por las pulmonías trabajadas entre pitillo y pitillo callejero que por el cáncer de pulmón. Estamos en otra, la del transporte, en este caso con prolegómenos en parte de Galicia y en algunas otras provincias. Al vicepresidente gallego, Anxo Quintana, no le ha servido de nada su gesto solidario con los transportistas, porque le ha salido la criada respondona, personalizada en un empresario lucense, presidente de la asociación Tradime, que con más arrojo que prudencia ha asegurado que establecer servicios mínimos no es otra cosa que «calentar más el ambiente». Frase que semeja ser una aportación generosa a la antología de las que pronuncia en los últimos meses Zapatero, para regocijo o estupor de los inteligentes, según estén en la oposición o de su lado. Del mismo modo que Anxo Quintana olvidó lamentar algunas tropelías ya cometidas por presuntos huelguistas o parados, con el propósito de que prosperara su acción, el lucense ha dejado en el tintero la condena de los que apedrean camiones en la A-9, rajan ruedas en los viales... Los piquetes informativos -uno más entre el millón de eufemismos que barajamos- se ve que vienen picando alto esta vez. Probablemente no hay un solo gallego sensato que, en lo esencial, no comprenda las razones de los transportistas. Y en una llamada a la solidaridad serían quizá muchos los que estuvieran a su lado. De ahí a aceptar que la defensa de los legítimos intereses de unos -pocos sobre el conjunto de la población- tienen que perjudicar gravemente a la mayoría media un abismo. Las calles llenas de porquería, los servicios de energía alterados, el suministro de alimentos entorpecido... eso es hacernos víctimas de una decisión que no nos corresponde. A los culpables siempre les queda el recurso de coger un helicóptero -público, naturalmente- para buscar su medicina o salvar a la familia de un atasco.


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