La Voz de Galicia

«Nomina omina»

Opinión

JUAN J. MORALEJO

01 Oct 2005. Actualizado a las 07:00 h.

«Nomina omina», latinorio doblemente esdrújulo para decir que los nombres son anuncio de su portador. La pretensión suele fallar, pues algún Benigno más bien debería llamarse Maligno y más de un Federico no hace honor a su condición de pacífico y nos salió pendenciero, pero a veces la pretensión acierta y el nombre corona a quien lo lleva. Por ejemplo, hace unos años un poncio de cobrarnos los impuestos se apellidaba Drake y hay una Banca Morgan y también la podría haber del Capitán Garfio, aquel que, como bien saben todos ustedes, murió porque se equivocó de mano al rascarse. Una Banca Caperucita sería «contradictio in terminis» con muy poco tirón, pero el Banco del Lobo Feroz sería ejemplo definitivo para convencerse de nomina omina, de que los nombres anuncian a su portador. Para partidarios de que los nombres anuncian a su portador tenemos fresca la operación de venta de un buen paquete de acciones de Unión Fenosa, operación en la que el gran ganador es nada más y nada menos que Botín. La propiedad y el control de una parte sustancial de los recursos energéticos de Galicia se nos extraña todavía más y ¿cómo no? se nos va para Madrid, donde, por cierto, se sienten desterrados, casi casi exiliados nos dicen, un buen número de gallegos patriotas líricos que ni a tiros dejarían Madrid y el disfrute sadomasoca de envidiarnos a los gallegos que nos quedamos aquí a la gran vidorra, a lamprea los lunes, miércoles y viernes, centollo los martes, jueves y sábados y, para desengrasar, lacón con grelos el domingo, mientras ellos andan de sándwich por la M-30. Las muy lógicas, justas ¿e inútiles? quejas porque perdamos control y decisión de nuestros recursos en políticas y planes que siempre hacen de Madrid el ombligo del mundo encajan en que somos y estamos hartos de ser Finisterre, cosa que está muy bien para las puestas de sol, pero que tiene un precio largo y difícil, sobre todo si el finisterrano es apático de más y sobresaturado de futrosofías bobas como las de aquel que en 1936 no daba su voto al Estatuto porque prefería que lo amolasen los de fuera. Y es lástima que en esto del paquete fugitivo de Unión Fenosa los de nomina omina nos la hayan jugado otra vez por el lado del cabo Finisterre, es decir, de que estamos al fondo y al margen, cuando parecía posible una solución mejor haciendo entrar en juego otros dos cabos gallegos: el cabo Ortegal, así llamado en honor de su fundador, Amancio Ortega, que llegó de segundo a la subasta, y el cabo Touriñán, el de Touriño, que sentimos que no haya podido tener toda la vara alta precisa para que lo de por aquí tenga su primera y natural propiedad y decisión precisamente aquí. En fin, permanecemos atentos a la pantalla y sin olvidar que desde cualquier parte se puede hacer buena política para cualquier otra. Amén.


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