A vueltas con el centro
Opinión
18 Jun 2005. Actualizado a las 07:00 h.
A MADRID le preocupa su centro; mejor dicho, les preocupa al menos a dos arquitectos comprometidos con el urbanismo, Ricardo Aroca y Bernardo Ynzenga, organizadores de un foro con un título muy sugestivo, Madrid posible . Ya no se trata de soñar la ciudad, como en el arranque de la democracia, sino más bien de la posibilidad de meterse en sus entrañas, preguntarle por sus patologías y pensar en sus anhelos. Tras una interesante conferencia de Manuel de las Casas sobre cómo habitar el centro, en una mesa redonda en la que participo con Javier Frechilla, Ignacio Vicens y el propio conferenciante, se produce un debate denso y entrecortado, como debe ser, por un público participativo e interesado por el binomio ciudad y modernidad. ¿Por qué ahora se mira tanto al centro? El centro tradicional tiene en las nuevas geometrías urbanas otros competidores que intentan jugar ese papel, aunque difícilmente lo consiguen. A la hora de la verdad sólo existe un centro: el de los ejes y tramas de calles y plazas construidas hasta el primer tercio del siglo pasado, que realmente se acepta como tal y reconocemos en él nuestro icono común. En mi opinión, se mira al centro con nostalgia porque, ante la proliferación de ciudad nueva, de poco gusto y sentido, los urbanitas asentados en las periferias hechas a correr, donde duermen, apenas comen y habitan sin convivir, lo que realmente desean los fines de semana es huir a un trozo de campo, meterse en un área comercial a sudar el consumo, o recorrer el histórico centro donde se siente el roce y la indiferencia con los demás, se produce el encuentro inopinado con la charla liviana, y se disfruta de la mayor densidad estética. Pero el centro corre peligros. Si se piensa que el mercado por sí solo es capaz de gestionarlo, sin la cabeza y el pálpito de lo público, podemos comprobar cómo se banaliza con una particular vertiente turística, se especializa en bancos y oficinas y en la llamada economía de tarde, con tiendas y locales de ocio, pierde residentes de a pie y se guetiza al ser ocupado el vacío por inmigrantes hacinados en malas viviendas. En el centro las plusvalías están que arden, si bien, a la vuelta de la esquina más preciada, se encuentra todavía una diversidad social en la calle y en la residencia. Por ello, parece poco oportuna la flexibilidad introducida en el planeamiento de Madrid para dar cabida al cambio de uso residencial a hotelero con motivo de las olimpiadas, porque acabará expulsando a los vecinos que permanecen. Caben, entre otras, tres medidas para reequilibrar el centro. La primera es contar con información para poder aplicar políticas acertadas basadas en las pautas de vida urbana, comprobando si se marchan los más dinámicos, si se agrupan los más débiles, o si, por el contrario, los que deciden volver llegan empujando. La segunda es la imaginación para idear un proyecto útil para la complejidad de los distintos estratos humanos, por ejemplo, en la vivienda; las tipologías grandes de la vivienda tradicional se debaten con la sociedad y el mercado para hacer consecuentes las nuevas demandas habitacionales con los números y la protección del patrimonio. La última, como siempre, la cultura que debe impregnar al político, al técnico y al ciudadano aunque, por lo que se ve, no se estila.