La Voz de Galicia

La salida de Irak

Opinión

CARLOS G. REIGOSA

03 Feb 2005. Actualizado a las 06:00 h.

HACE YA más de cuarenta años, el prestigioso periodista estadounidense John Gerassi trataba de explicarles a sus paisanos la paradoja de que estuviesen vertiendo millones de dólares en los países de la América hispano-lusohablante y, sin embargo, fuesen odiados por sus habitantes. Gerassi sabía que esto les parecía muy injusto a sus compatriotas, convencidos de que «cuanto más les damos, más nos odian», y escribió un libro titulado El gran miedo de América Latina para esclarecer esta realidad. Porque el fundamento de la paradoja no estaba en la aportación de los dólares en sí, sino en el uso que de ellos se hacía y que, en verdad, sólo servían para sostener las condiciones imperantes en los países al sur del río Bravo, todos ellos así empujados «hacia perentorias soluciones revolucionarias», que era justamente lo que se quería evitar. Viene a cuento esta reflexión porque, casi medio siglo después, EE.?UU. está cometiendo similares errores en Irak, adonde llegó con una guerra contra Sadam Huseín que supuestamente iba a cosechar el aplauso popular. La realidad es que la mayoría de los iraquíes quieren que se vayan, aunque lo expresen con cautela porque temen que una retirada precipitada pueda empeorar la situación. Los mandarines de la Casa Blanca pueden repetir otra vez la cantinela de «cuanto más les damos, más nos odian», pero no pueden cambiar la realidad del estropicio que han armado en un país que no era, objetivamente, su enemigo. ¿Qué está ocurriendo tras las elecciones? Que los líderes chiís le han tendido la mano a los abstencionistas suníes para forjar, con los kurdos, el futuro del país. Pero esos acercamientos no serán aceptados en tanto no haya un acuerdo para que las tropas extranjeras abandonen Irak. ¿Podrá el Gobierno resultante prescindir de ellas? Deberá dar la sensación de que sí para ganar credibilidad. Pero necesitará aún de esas tropas que muchos americanos consideran hoy injustamente tratadas. Porque la paradoja se sustenta otra vez en que EE.?UU., que promete libertad y democracia, podría acabar por favorecer lo contrario. Queda confiar en que los iraquíes no lo quieran así.


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