La Voz de Galicia

Adiós a las armas

Opinión

| ERNESTO S. POMBO |

14 Jan 2005. Actualizado a las 06:00 h.

HEMINGWAY escribió en 1929, con este título, Adiós a las armas , una novela que contribuyó, sin ser su mejor obra, a acrecentar su figura literaria. Ahora, tantos años después, otro norteamericano, George W. Bush, acaba de escribir otra obra, también de ficción, que bien pudiera llevar el mismo título. Con la decisión de suspender la búsqueda de armas de destrucción masiva en Irak, lo que Bush ha hecho es decirnos que nos despidamos de las armas. Que no las hay. Que llevan dos años buscándolas, pero que no existen. Que adiós a las armas. Y ahora, ¿qué? ¿Quién paga la cristalería rota? ¿Quién se responsabiliza de los destrozos? ¿Quién se apunta en su conciencia las decenas de miles de muertos? ¿Vamos a la Universidad de Georgetown a exigir responsabilidades? ¿O se las pedimos a los palmeros que aplaudieron el apoyo español a esta locura? La existencia de armas de destrucción masiva en Irak fue la primera de las mentiras que utilizaron para invadir Irak. Pero sólo la primera. «Para ocultar una mentira -escribió el poeta alemán Rückert- hacen falta otras siete». Y así fue. Llegaron una tras otra. Las armas con las que Sadam haría desaparecer medio mundo en un pis pas. La relación de los iraquíes con Al Qaida. La necesidad de intervenir para pacificar la zona. Los deseos de implantar una democracia. Y lograr un mundo más seguro. Lo intentaron todo. Powell cargado de planos, fotos y tubos de ensayo ante el Consejo de Seguridad de la ONU. El anterior nuestro con Buruaga diciendo aquello de «pueden estar seguras todas las personas que nos ven de que les estoy diciendo la verdad». Y el amplísimo coro, aplaudiendo. E insultando a los que decíamos que Sadam no tenía armas. Bueno, pues ahora que nos digan a quién le decimos a la cara eso que desde hace tanto tiempo nos estamos callando.


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