La Voz de Galicia

La solución Fraga

Opinión

| JOSÉ LUIS MEILÁN GIL |

04 Sep 2004. Actualizado a las 07:00 h.

MANUEL Fraga ha tomado una decisión arriesgada. Toda elección arroja incertidumbre. Incluso aquéllas cuyo resultado parecía más seguro. No es preciso mentar ninguna bicha. A veces se cruzan los imponderables, que dejan en mal lugar a las encuestas. En agosto se publicó una según la cual un 80% de los entrevistados era contrario a una nueva candidatura del actual presidente y esos mismos, aunque con menor porcentaje, opinaban que con ella el PP obtendrá la mayoría absoluta. Esa paradoja proporciona pábulo a la inseguridad con la que, inevitablemente, ha de contarse. Se trata de una decisión personal y, como tal, respetable. Con una dimensión pública y, como tal, sujeta a la opinión de los ciudadanos a quienes, en último término, ha de pedirse su voto. De entrada, resulta inevitable que se subraye el cambio respecto de la declaración anterior de que «sería contra natura» aspirar a un nuevo mandato. Al afectado corresponde explicar qué circunstancia ha llevado a mudar de parecer. Sobre todo a los destinatarios que no están integrados en las disciplinadas filas del partido en que milita. Porque si algo puede considerarse meridiano, además de lo personal, es su sentido partidario. Así ocurrió en 1989. Entonces fue una solución para recuperar la Xunta de Galicia, perdida mediante una moción de censura al debilitado presidente Fernández Albor, carente de su brazo fuerte, José Luis Barreiro. Había que impedir la consolidación del Gobierno tripartito, presidido por González Laxe que, en su breve mandato, adoptó dos decisiones, al menos, de largo alcance: la creación de las Universidades de A Coruña y Vigo y la Escola Galega de Administración Pública. Había que oponer una figura de contrastada consistencia política. La ocasión era propicia para la biografía del candidato, que había liderado sin éxito la confrontación electoral contra el PSOE de Felipe González y que permitió reencontrarse con Galicia en su dimensión autonómica. También ahora parecen confluir los astros de la persona y del partido. Para éste no existe duda de que es su mejor candidato, entendido el juicio desde el pragmatismo de conservar la Xunta. El muy significativo número de cesantes que ha reseñado el Boletín Oficial del Estado, convertido en un episódico Panteón, estimula a cerrar filas en torno al patrón y acelerar las lealtades por si la singladura termina otra vez en el lugar de donde parte. El 14-M ha favorecido la decisión, sellada en la entente Rajoy-Fraga de apoyo mutuo. La desnudez de ese planteamiento ha de arroparse, obviamente, con consideraciones aderezadas de interés patriótico y proyectos de futuro, cuya exigencia es insoslayable para los ciudadanos no comprometidos partidariamente. Que la Presidencia de Fraga será más eficaz para conquistar recursos del actual Gobierno que uno de sus correligionarios resulta un argumento discutible desde la teoría criticable del «Gobierno amigo», utilizada por el virtual candidato. Que contribuirá a la reforma del Senado de conformidad con su configuración como «cámara de representación territorial» ofrece menos dudas. Gozará del beneplácito del Gobierno socialista que la impulsa, y ayudará probablemente a Rajoy a superar resistencias internas para variar los postulados defendidos por Aznar. La decisión está tomada. Aglutina hoy al PP. Los arúspices que desentrañan las vísceras de la sociedad en sus encuestas, al parecer, se han pronunciado a favor. No sé si alguno se ha atrevido a pronosticar ante el César algún idus molesto, al analizar los resultados de las elecciones municipales, generales y europeas, así como la participación, ponderando la influencia de la persona y de las siglas del partido en aquéllos. Ser candidato de un partido, incluso con fervorosa unanimidad, no garantiza la correlativa victoria en las urnas. El presidente Fraga es la solución de presente para el PP. La cuestión abierta es si esto es suficiente para el electorado.


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