La Voz de Galicia

Cosas que sabemos de ellos

Opinión

EDUARDO CHAMORRO

10 Mar 2004. Actualizado a las 06:00 h.

HAY QUIEN OPINA que los candidatos son una incógnita, que es muy poco lo que sabemos de ellos. ¿Es una opinión fundada? ¿Es tan importante la cuestión o el aspecto de la cuestión al que se refiere? Pues, hombre, depende. Zapatero lleva unas cuantas legislaturas como diputado y unas cuantas temporadas como secretario general del PSOE. La crisis del Prestige y la intervención española en la guerra de Irak le han proporcionado no pocas ocasiones y oportunidades de mostrar sus convicciones más contundentes con un cierto grado de elocuencia. En cuanto a Rajoy -con veinte años en el ejercicio profesional de la política, y con media docena de cargos ministeriales a la espalda-, no parece muy sensato argüir que es muy poco lo que se sabe de él. Así que no parece de mucho fundamento la opinión de que es mucho lo que ignoramos de ellos. Eso no significa que sea una opinión incoherente en un país acostumbrado a contar con biografías mucho antes de que los biografiados se las merezcan. Vayamos a la segunda pregunta. ¿Es tan importante ese saber, conocimiento o mera información? ¿Está al alcance de la mano? ¿Es posible articularla? Podemos intentar una respuesta empírica. Al cabo de ocho años en el poder, no son tantos los que pueden asegurar que saben mucho de Aznar, que lo conocen bien. Hay quienes todavía se echan las manos a la cabeza ante su decidida vocación de estadista, y los hay perfectamente sorprendidos o encantados ante sus más recientes manifestaciones a favor de un tipo de aspaviento con tendencia, más o menos moderada, a lo energuménico. Unas veces da muestras de un aplomo harto impávido, y otras parece poner impavidez y aplomo en mitad de una brasa repentina. Son aspectos relacionados, quizá, con el carácter, aunque, en mi opinión, más que con el carácter tienen que ver con sus tretas. Pero tampoco mi opinión al respecto goza de un fundamento solvente. Si recurrimos a la memoria (o a lo que quede de ella) vemos que tampoco era tanto lo que sabíamos de Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo y Felipe González. Y lo que creíamos saber resultó insuficiente. Los tres hicieron cosas ciertamente sorprendentes; algunas, trepidantes, no sé si las recuerdan. No creo que lo que se sepa o quepa saber de los candidatos sea de una importancia cabal comparado con el crédito que les otorguemos o el coraje que les supongamos a la hora de afrontar el traumatismo de la presidencia del Gobierno. Y esa sí que es la cuestión, porque la presidencia cambia a los presidentes. Es algo que se mueve entre la bioquímica y la metafísica, pues ese cambio no sólo ni principalmente se debe a la erótica y a la soledad del poder. El poder tiene sus neurosis. Unas neurosis con las que se puede negociar, pero no salir indemne. En realidad, con las neurosis se puede hacer de todo menos atravesarlas, deshacerse de ellas o abandonarlas como si no hubiera pasado nada. Las neurosis del poder son de un luteranismo atroz para el que no hay ni dolor de corazón ni propósito de la enmienda. Esa es la incertidumbre y la catálisis.


Comentar