HABIENDO sido investido, por quien tiene potestad para ello, de la dignidad de palmero, guitarrero y turiferario de las hordas aznaristas, carlistas y maristas, aunque de momento sin sueldo, a nadie le extrañará que opine lo siguiente. Entre los numerosos ejercicios de logomaquia a que dio lugar la archicomentada deslealtad de Carod me interesa especialmente uno que antepone a cualquier otro argumento el mito, con rango de ley, de la superioridad para el diálogo de la sociedad catalana sobre el resto del país: por culta, desarrollada y europea. Dejando de lado que el siglo XX no abona la primacía moral de lo europeo sobre lo español -dos guerras mundiales cargadas de racismo y odio, junto con una descolonización sanguinaria y un vigente neocolonialismo que no lo es menos- yo no tengo recuerdo de que en Europa (grupo Baader, Action Directe, gangsterismo nacionalista corso, Brigadas Rojas, etcétera) se haya cedido ante el terrorismo, si eso se entiende por dialogar. El caso irlandés tampoco nos sirve, puesto que allí no se dialogó con los terroristas sino que los terroristas, católicos y protestantes, negociaron entre ellos bajo el militarizado auspicio inglés.
La gran cultura, en España, siempre estuvo en Madrid, díganlo Pla y su porquero o D'Ors y su panadero. El único momento relativamente fasto que vivió Cataluña fue durante el franquismo, gracias a un remedo de la gauche caviar parisina, mimada por Barral, Gil de Biedma, Ferrater, etcétera. Para los que han conocido aquel instante cenital, lo de ahora es puro provincianismo de brasero, ganchillo y chocolate con churros.
El nacionalismo catalán, como el vasco pero de otra forma, conduce a un análisis reduccionista de su propia identidad, por hipertrofia caricaturesca de esencias subsumidas en un angosto perímetro al que no se deja llegar el caudal de sus verdaderas fuentes nutricias. Este estrecho enfoque, casi tribal, ni siquiera es atemperado por algún suave matiz objetivo sino que, por el contrario, la Generalitat se encarga de macerarlo en el bilioso odio hacia todo lo español. Por ejemplo, se le concede artificialmente más peso a la influencia francesa, y se acallan los efectos del genocidio cultural llevado a cabo en Rosellón y Cerdaña, que a la española, enorme y presente. El ensimismamiento se centra en los mitos, no en la densa realidad del acervo compartido, sacrificado en aras de vaporosas dinastías austracistas. La sociedad moderna catalana está enferma de egoísmo, es quejumbrosa, angosta de miras y ahormadora de cualquier hálito de grandeza creativa. Todo su ethos se concentra en un símbolo: el caganut . No es de extrañar, en consecuencia, que lo culinario se les dé tan bien, y esa es la única influencia francesa tangible además del imbebible cava.
El pasado, semilla de lo que estamos viviendo, no deja lugar a dudas. Durante la guerra de Cuba y Filipinas, fueron los más belicistas, con el fin de conservar los mercados cautivos; asimismo, la organización patronal Fomento fue mucho más violenta con los trabajadores que los cortijeros andaluces. El doctor Robert, un racista puro; Pompeu Gener, un arrogante; Prat de la Riba, un colonizador nato; Maciá, cobrando la pensión de coronel del ejército español, intentó una invasión militar desde el Prat de Molló; Companys dio un golpe de Estado frustrado y se sublevó contra la República. Y nadie en España ha tenido recientemente un discurso más soezmente racista que Heribert Barrera, líder de ERC. Por tanto, no entiendo la pretendida superioridad catalana para el diálogo ni me llega noticia de quien se atreva a proponer (otra cosa es que lo piense) que hay que negociar con los grupos neonazis que practican agresiones contra inmigrantes.
Y en éstas, nos viene Maragall con que de no someternos, primero, a sus chantajes estatutarios el drama está servido, y, segundo, que estamos volviendo al 36. ¿Es así la dialogante superioridad cultural? ¡Menuda tropa!