La Voz de Galicia

Ibarretxe ordena abrocharse el cinturón

Opinión

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

25 Oct 2003. Actualizado a las 07:00 h.

FE ES CREER en lo que no vemos, rezaba el catecismo que estudiábamos de niños. ¿Cómo llamar entonces a no creer en lo que vemos? ¿Incredulidad? ¿Estupidez? ¿O simple cobardía? Es complicado responder, pues los humanos tenemos una tendencia natural a no hacer frente a los problemas, que se agudiza a medida que aquéllos presentan más difícil solución. Sucede así con los conflictos personales. Y sucede también con los políticos. Sólo esa inclinación a esconder la cabeza debajo del ala cuando lo que tenemos ante la vista nos angustia puede explicar que hayamos llegado en el País Vasco a la increíble situación en la que hoy nos encontramos. Una situación que se acerca a paso de gigante a eso que se denomina punto de no retorno de un avión: aquél en que el aparato, si no despega, se estrella irremisiblemente contra el suelo. La presentación ayer, como proyecto de ley, del plan Ibarretxe en el Parlamento de Vitoria equivale, por seguir con la metáfora, al momento en que los tripulantes del avión, aún en tierra, ordenan al pasaje abrocharse el cinturón. Los tripulantes son, claro está, los dirigentes peneuvistas, y el pasaje los millones de españoles que se han negado durante meses a creer que ocurriría lo que ayer aconteció. Sería por eso una irresponsabilidad imperdonable seguir abordando el problema vasco como si la conversión de una propuesta de partido en un proyecto de ley no supusiera ningún cambio de escenario. El de hoy en el País Vasco es radicalmente diferente del de ayer. Y porque lo es, resulta indispensable que las fuerzas no nacionalistas se planteen un objetivo prioritario: evitar que el proyecto sea aprobado. Ello es factible, pues tal aprobación (si Batasuna mantiene ahora su rechazo) podría depender en el futuro de los votos de una fuerza política tradicionalmente constitucionalista y no nacionalista: Izquierda Unida. La aprobación del proyecto peneuvista, y sus consecuencias ya anunciadas, supondrían una catástrofe para nuestra democracia y nos conducirían a ese punto de no retorno en el que o la secesión del País Vasco despegaría de modo irrefrenable, o habría que recurrir para abortarla a los mecanismos coercitivos de los que dispone un Estado de derecho para hacer efectivo el cumplimiento de la ley. ¡Se imaginan qué dos alternativas! La segunda permitiría a una ETA casi derrotada intentar recuperarse, tratando de dar verosimilitud a su delirio de una España colonial que oprime al País Vasco. La primera convertiría en habitual, antes o después, la vergüenza de anteayer: que los vascos perseguidos, primero sean insultados y luego sancionados por tratar de defenderse.


Comentar