La Voz de Galicia

O falar non ten cancelas

Opinión

GERARDO GONZÁLEZ MARTÍN

04 Sep 2003. Actualizado a las 07:00 h.

LA PENÚLTIMA la ha protagonizado el expresidente Fernández Albor, que al elogiar a Rajoy ha dicho de él que es galleguista. Entre los aspectos positivos de la personalidad del candidato que perciben muchas personas, es la primera vez que conozco tal valoración. He escuchado una vez más al buen novelista que es Xavier Alcalá, en la reiniciada tertulia nocturna de Radio Voz, lamentar que gran parte de los políticos no son brillantes, ni siquiera correctos en ocasiones, en su expresión oral. El problema va más allá: ya importa poco si lo que se dice tiene o no sentido, lo que preocupa es que pueda llegar a la opinión pública e influir. El propio Rajoy ha sido víctima de las iras del Bloque, porque mediados los años ochenta, cuando fue presidente de la Diputación de Pontevedra, elaboró un reglamento troglodita, que salvo que demuestren lo contrario han tardado más de década y media en pedir que se cambie. También con Mariano Rajoy como protagonista, hemos leído innumerables declaraciones elogiosas hasta la estupidez, entre las que se ha llevado la palma la del ministro Trillo al asegurar que Rajoy compendia las virtudes de Rato y Mayor Oreja, sus adversarios derrotados. No han sido más inteligentes muchas de las críticas que se le han formulado. Dijo el poeta que «nos queda la palabra», como un bien inalienable y de muy alta valoración. También en esto nuestro tiempo desmiente a los poetas, a juzgar por el uso que están haciendo de la palabra muchísimas personas del ámbito público. No puede haber tantos y tantos carentes de un mínimo de inteligencia, de la que la palabra es una de las expresiones más elaboradas. Lo que hay, probablemente, es la convicción de que no importan los medios para conseguir los fines que se persiguen, aunque con ello se niegue la sensibilidad en la audiencia. Ahí está el en tiempos ingenioso Alfonso Guerra, mariposeando y llamando retrógrados después a los que han observado que al mariposear se quemaba las alas.


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