La Voz de Galicia

Xico Caneda

Opinión

| EDUARDO CHAMORRO |

19 Mar 2003. Actualizado a las 06:00 h.

MURIÓ XICO Caneda, Paco, del que fuí muy querido. Era un hombre polifacético, que es un modo inexacto de decir que era muchos hombres o mucha gente él sólo. Y, sin embargo, siempre estaba en su sitio. Apenas se movía un palmo de las calles de O Grove. Era casi el reloj de la plaza de Arriba. Marcaba la hora de ir a trabajar cuando cruzaba la calle desde su hogar a su ferretería, Francar, que era un mundo en el que había de todo. Xico era, entre otras cosas, el arquetipo de los ferreteros, seres minuciosos que no pueden ver un catálogo y quedarse quietos; lo suyo es estudiarlo con rigor, equiparar sus epígrafes con los de los demás catálogos que guardan en la memoria, ponderar los datos de las ofertas, sopesar calidades y precios, comparar toda esa información con el estado de la demanda, y comprar. Un ferretero compra siempre, y no conoce mayor desasosiego que la conciencia de un hueco en su tienda. Es también universal en su atención al cliente y en la investigación de sus necesidades hasta dar con la solución más oportuna, adecuada y precisa. El ferretero es un comerciante enciclopédico. Por eso las buenas ferreterías tienen algo de museo y de galerías de las ciencias y sus maravillas. Uno recorre una ferretería y no hay modo de abandonarla sin haberse hecho una idea del estado de la técnica y de sus herramientas, así como de los avances manuales contra las inclemencias del tiempo y las travesuras de la física y química. Eso hace del ferretero un hombre ordenado, y Xico Caneda lo era, cosa tanto más imprescindible cuanto más dilatado es el saber. Y a Xico no se le despintaba un detalle. Era un lector empedernido, casi vicioso, que organizaba su saber en noticias que distribuía con el tacto y la delicadeza de quien conoce bien a las personas y a las cosas. Nunca hablaba de más ni -muchísimo menos- de menos. Decía lo que tenía que decir. Escribía en la prensa local, esa en la que sólo cobran el empresario y quien le lleva los anuncios. Quiero decir que no cobraba un duro por sus artículos semanales, en los que demostraba con genial desenvoltura su dominio de la ciencia de ir al grano y del arte de andarse por las ramas. Era uno de esos raros periodistas cabales que saben ejercer su oficio sin moverse del pueblo, del barrio, de su casa. De ese tipo exótico de periodistas que convierten lo local en ejemplo de lo que ocurre en el mundo, y lo mundial en una dilatada referencia de lo que pasa (o no pasa) aquí y ahora. Si Xico Caneda te sugería que quizá te habías pasado un poco o te habías quedado corto en uno de tus artículos, tú te ibas a casa rumiando el acierto de la crítica y el orgullo de contar con tan cuidadoso y educado maestro. Como todos los de su especie, no se aburrió jamás. Podía entretenerse desmenuzando un detalle, despiezando en la cabeza el montaje de una máquina, la maquinación de un político o la política doméstica de un lugar tan peculiar como O Grove. Por si eso fuera poco, sabía tocar la guitarra. Era jovial. Nunca lo vi sin corbata. Usaba corbatas clásicas, camisas ligeramente anticuadas y chalecos de muy buena lana, cortados a la inglesa. Como padecía de la garganta, solía echarse al cuello una bufanda anudada con elegancia y descuido. Era un tipo muy pulcro, un caballero distinguido de cabellos blancos y rasgos patricios, que marcaba la hora de dejar el trabajo cuando salía de la ferretería para ir a comer en casa. Tenía setenta y tres años.


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