La Voz de Galicia

Fraga hace «uns arregliños»

Opinión

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

EL OJO PÚBLICO

18 Jan 2003. Actualizado a las 06:00 h.

LA ESCENA se repite a menudo en los miles de talleres repartidos por Galicia. Uno llega con el coche, escacharrado por el uso, y pregunta al propietario del bochinche qué le costaría arreglar el automóvil. Mirada torva, el sujeto dice que hay que esperar a que «o chaval lle bote unha mirada». Después, con el grasiento dictamen técnico en la mano, nos da la noticia consabida: que el coche está hecho unos zorros, que para qué meterse en gastos y que saldría más barato comprarse un coche nuevo. Todo lo más, afirma al fin, «facerlle uns arregliños pa ir tirando». Uns arregliños : eso acaba de hacer el presidente con la escacharrada Xunta que preside. Más allá de la capacidad de los que entran, que no tengo interés alguno en discutir, lo cierto es que el juicio que merecería ese cambio de gobierno sería el mismo si Fraga hubiera designado conselleiros a cualquiera de los otros muchos cuadros del PP que podrían haber sido premiados con la suerte del pajarito. Porque, y esta es la cuestión, llegada la crisis de la Xunta al punto en que ha llegado, lo de menos es saber quién se hará cargo de esta consellería o de la otra, cuando los gallegos seguimos teniendo motivos sobradísimos para dudar que haya, al día de hoy, alguien dirigiendo con eficacia y verdadera autoridad a los miembros del Gobierno. Desde esta perspectiva, la salida de Cuíña de la Xunta, lejos de facilitar las cosas a quien actualmente la preside, se las dificulta hasta extremos que ni el mismo Fraga es ahora quizá capaz de imaginar. Y no porque, como muchos piensan desde el jueves, pueda Cuíña echarse al monte y pueda, en plan Curro Jiménez, dedicarse a hacer la guerra por su cuenta. Al margen de esa posibilidad, cuya verosimilitud desconozco en absoluto, la salida de Cuíña deja solo -completa y angustiosamente solo- a un presidente al que hemos visto por primera vez en trece años superado por los hechos: del chapatote a las presiones de Madrid, de las luchas de facción en su partido a las críticas de la oposición y de los medios. Eran, de hecho, esas circunstancias, y la patente debilidad del presidente ante las mismas, las que hacían del todo aconsejable que Manuel Fraga hubiera aprovechado la crisis planteada por el cese de Cuíña para dar indicios de sus futuras decisiones. Ese era probablemente, el sentido del nombramiento de Palmou, cuya frustración demuestra dos cosas cuando menos: el cortísimo margen de maniobra de que hoy goza el presidente y el escasísimo interés de una crisis de gobierno que en realidad no cambia nada. ¿O es que alguien sabe de algún caso en que uns arregliños hayan hecho de un coche escacharrado un coche nuevo?


Comentar