La Voz de Galicia

La ruta de las angulas

Opinión

| SUSANA FORTES |

11 Jan 2003. Actualizado a las 06:00 h.

CADA CUAL tiene su propio mar. Desde hace algún tiempo practico la costumbre de bajar en bicicleta hasta la playa el primer día de enero. Es una forma como otra cualquiera de empezar el año con la mirada limpia. Esta vez el mar de la Malvarrosa era de color añil con reflejos de estaño, muy tendido, sin un solo barco en el horizonte. Descendí hasta la orilla por uno de los pantalanes de madera. Luego se levantó viento. No sé por qué me acordé del momento en que empecé a escribir mi primera novela y le envié a un amigo una frase sobre el mar en una postal azul: «Mañana plateada de bruma y salitre. Sobre la mesa, un café noir. Corto Maltés no está conmigo». Era un lugar de Bretaña, recuerdo, amenazado ahora por la marea negra desde que el día 1 el fuel alcanzó también las costas de Aquitania y las Landas. Todas las aguas del mundo están unidas por corrientes más poderosas que las fronteras que fragmentan la tierra en países y estados. En la superficie el alquitrán es arrastrado por los vientos, pero el fuel sumergido no ha hecho más que seguir la ruta de las angulas. Salen de las Antillas siendo todavía larvas transparentes y se acercan a las costas europeas en una migración que dura dos años. Al llegar no alcanzan aún los ocho centímetros. En diciembre doblan el cabo de Ortegal por millares en enormes bancos lechosos, a finales del invierno remontan los ríos cántabros y van cambiando de color. Con la primavera franquean el estuario francés de Saint Nazaire con el dorso negro, el vientre plateado y los ojos grandes. También las langostas cruzan el océano por el mismo camino, una detrás de otra, en fila india. Como ya decían los presocráticos, todo es uno y distinto y por lo tanto todos los mares son el mismo: el mar de los Sargazos y el mar de la taberna de Peter en la isla azoriana de Faial, donde nacen las grandes borrascas atlánticas; el mar blanco de los viejos puertos africanos de madera, el mar de Irlanda o el mar de China surcado de sampanes con farolillos rojos y niñas solitarias como en aquella película tan extraña de Marion Hansel; el mar de Fisterra y el de la bahía de Morbihan. Los tripulantes de un atunero que faenaba en el océano Índico afirmaron haber encontrado en la costa de Madagascar numerosos collares florales procedentes de las románticas islas Seychelles y algunos pescadores del Gran Sol aseguran haber visto en un día de temporal la cresta de una ola coronada por las cortezas de coco caribeño con que los santeros trenzan sus plegarias. Muchos creerán que esos mares ya no existen, puesto que a cualquier litoral que vayas, encontrarás selvas de cemento, envases vacíos, colillas, plumas de alcatraces muertos, bolsas de plástico flotando entre las algas... Precisamente contra esa miseria hay que establecer una línea de combate que debe ir mucho más allá que la batalla frente a la marea negra. Porque como saben las angulas que ya leían a Demócrito, todo está conectado en las profundidades. Lo que pasa en tu casa, pasa en el universo que no es otra cosa que la placenta azul del mundo.


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