Una deuda con la Guardia Civil
Opinión
18 Sep 2002. Actualizado a las 07:00 h.
EL PASADO 3 de agosto dediqué mi artículo a criticar la bárbara costumbre de la movida noctura, y a pedir un razonable ejercicio de la autoridad de la familia y del Estado para reconvertir y encauzar un modelo de diversión tan disparatado. Cada vez hay más familias que han experimentado los efectos que puede producir esta práctica social cuando se alía con el tráfico o con ciertos hábitos de consumo que, si unas veces degeneran en dramáticos accidentes o incurables adicciones, otras veces conducen directamente al cementerio. Así se explica que muchos padres pasen el fin de semana en vilo, como si sus hijos se hubiesen ido a una guerra voluntaria que, sólo en España, causa más muertos que el conflicto palestino-israelí. Y por eso recibí muchas cartas agradecidas por aquel artículo, para pedirme que insista en denunciar este andacio que supera nuestra capacidad individual de respuesta, y para reclamar del Estado que, en vez de actuar como abogado de ciertos intereses económicos absurdamente equiparados a la hostelería, atienda de verdad al bien común. Pero en mi artículo también deslicé una afirmación que me trajo algunas reprimendas, y que, por pura justicia con los criticados, deseo rectificar. Porque entre los responsables indirectos del caos citaba «a los que hacen controles de alcoholemia hasta las dos de la mañana y luego se retiran a los cuarteles». Y porque, en mi exploración de posibles medidas preventivas, terminaba con esta pregunta: «¿Es que no se pueden hacer los controles de alcoholemia a las seis de la madrugada, cuando regresan como cubas, en vez de hacerlos a las dos, cuando van como rosas?». La primera advertencia surgió de mi hija, que, cuando regresa de la movida de Portonovo, con las luces del alba, acostumbra a ver los controles de alcoholemia establecidos a escasos metros de nuestra casa. La segunda matización, ciertamente dolorida, me la hizo un capitán destinado en una Agrupación de Tráfico, que no sólo me enseñó sus ojeras adquiridas al filo de las nueve de la mañana, cuando regresaba al cuartel, sino que me hizo ver el efecto negativo que mis palabras podían producir en la difícil tarea de crear una cultura de la seguridad vial y una visión cooperadora de los agentes de la Guardia Civil. La tercera queja, llena de datos y redactada con exquisita corrección, me llegó de la Jefatura del Sector de Tráfico de A Coruña. A todos les debo una rectificación y una sincera disculpa. Y a todo les manifiesto mi reconocimiento por una labor que, más allá de algunos aspectos accidentales que a veces critico y sufro, constituye uno de los mejores ejemplos de eficacia y entrega al servicio público.