La Voz de Galicia

Las playas de París

Opinión

| RAMÓN CHAO |

22 Aug 2002. Actualizado a las 07:00 h.

PARÍS siempre tuvo playa. Me imagino a sus primeros habitantes, los parigi , bañándose en el río llamado entonces Sequana, que atravesaba la tribu situada en lo que hoy es la isla de San Luis. Eso era en tiempos remotos. Siglos después, allá por los XVII y XVIII, se tienen noticias precisas de la existencia de una plaza de los guijarros (place des grèves), donde se juntaban los obreros que por una u otra razón paraban el trabajo. Hacían huelga (grève) y en veranos calurosos aprovecharían para refrescarse en el Sena, donde se levanta hoy la alcaldía de la ciudad. Más tarde, la playa de París estuvo en Niza. Allí se desplazaban aristócratas, artistas y banqueros no sólo para gozar del sol y del mar, sino también con vistas a entregarse a la pasión incomprensible del juego. Por razones diferentes, en la capital de la Costa azul vivieron y murieron nuestra Carolina Otero y la bailarina americana Isadora Duncan. A principios del siglo pasado empezaron a ponerse de moda las normandas playas parisinas de Trouville, Deauville y Cobourg, ésta última loada por Marcel Proust. Se popularizaron después con la atribución de vacaciones pagadas a los asalaridos. Hoy, la playa de París ha vuelto a su lugar de origen y a ella acudieron más de dos millones de personas en el mes en que estuvo abierta. Durante ese tiempo, y hasta el domingo pasado, este nuevo solaz se convirtió en uno de los más concurridos de la capital, a la altura de la Torre Eiffel y del Centro Beaubourg. Este sucedáneo de Acapulco fue clausurado la semana pasada, aunque en vista del éxito se volverá a abrir el año próximo. Ocupaba tres kilómetros de las riveras del Sena habitualmente reservados a los coches; se podía hacer de todo menos bañarse, si el agua de este río envenena a los peces, qué no hará con nuestros cuerpos. Salvo agua saneada, se extendían dos mil metros cuadrados de césped, trescientas hamacas, palmerales, arena, bares y chiringuitos. Una gran realización del nuevo alcalde de la ciudad, antaño oscuro y menospreciado militante socialista Bertrand Delanoe, cuyo principal título de notoriedad consistía en bendecir lo que dijera Jospin. Además de vencer a las derechas en París, ayudó a aumentar el número de socialistas elegidos, cuando su partido sufría uno de los mayores descalabros de los últimos tiempos. La playa de París es un acierto, además de revelarse una gran operación política; aunque tal vez esta no haya sido el objetivo principal, sino la visión y el entusiasmo de un equipo en cuyo segundo lugar figura la española y amiga Ana Hidalgo. De modo que Delanoe se está convirtiendo en una de las figuras del PS, ahora que después de la defección de Jospin, esta formación se halla sin líder carismático que pueda encarnar las aspiraciones de buena parte de los franceses. Por sus iniciativas espectaculares se le compara a Jacques Lang, quien ya pasó a la historia por haber inventado la Fiesta de la Música. La prensa, las televisiones mundiales publican reportajes sobre el París veraniego y Delanoe sube en la apreciación popular. Todo eso por un puñado de millón y medio de euros, una calderilla al lado de los cinco mil millones que constituyen el presupuesto de la alcaldía. Pese a todo, la oposición de derechas había votado contra el proyecto, de lo que se arrepiente ahora, en vista de la lluvia de beneficios políticos. A todo esto, Delanoe se guarda de todo triunfalismo. Esta operación brillante y prestigiosa le sirve para que se acepten otras impopulares en toda capital consagrada al culto del automóvil. Recién elegido, transformó las principales arterias de París, reservando carriles para los autobuses y los taxis. Semejante medida, por el gran número de vías afectadas, provocó irritación y protesta de los grupos de presión ligados al automóvil (fabricantes, concesionarios...), pero el alcalde prosiguió, y hoy se alaba su empecinamiento: París se está convirtiendo en una ciudad modelo en la lucha contra la contaminación. Es posible que después de haber visto las realizaciones de capitales como Roma, cuyo centro histórico ha sido librado de coches; o Londres, que después de recuperar la pureza del agua del Támesis piensa ahora en imponer un peaje para entrar en la ciudad en coche, Delanoe haya comprendido que los habitantes de las grandes urbes rechazan el fatalismo que adoptaban sus antepasados ante los males modernos. Unos dos millones de parisinos debieron de pensar: ¿Para qué apiñarse en Niza o en Marbella si uno se puede tostar a la sombra de la Torre Eiffel, al lado de la catedral de Nôtre-Dame e ir al Restaurante El Fogón , sito frente a la playa, a cenar un sabroso cocido de Lalín?


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