EMPACHO DE HORROR
Opinión
ERNESTO S. POMBO
04 Nov 2001. Actualizado a las 06:00 h.
La coalición militar occidental, o lo que es lo mismo, los norteamericanos y quienes apoyan sus acciones bélicas incluida la ONU, están sorprendidos y destrozados. Con demasiada frecuencia las bombas se están equivocando. Y los errores en los ataques militares contra Afganistán causan la destrucción de instalaciones de la Cruz Roja y de zonas residenciales y la muerte de inocentes niños, mujeres y civiles. Según parece, nadie esperaba que las bombas y misiles errasen en sus objetivos con tanta frecuencia. Y, sobre todo, nadie parecía saber que la guerra es tan cruel. La reacción de pesar de los americanos y sus aliados es de un cinismo tal que sobrepasa lo imaginable. Las guerras son para matar. Para destruir. Y las bombas no distinguen entre terroristas y pacifistas, inocentes o culpables, buenos y malos, entre niños y adultos. Las bombas han sido tan cruelmente diseñadas que sólo saben de destrucción. Y los norteamericanos, que ya llevan unas cuantas guerras encima, debían conocerlo. La humanidad ha puesto la más avanzada tecnología al servicio del aniquilamiento y del exterminio. Satélites capaces de leer titulares de prensa, misiles que eligen a sus víctimas tras identificarlas. «Tomahawk» que hacen blanco con una «precisión quirúrgica». Y bombas de racimo que guardan multitud de otras pequeñas bombas en su interior. Para eso nos hemos gastado el pasado año 278 billones de dólares. Porque los presupuestos militares mundiales que estaban estancados desde el desmembramiento de la URSS en 1991, han vuelto a cobrar importancia y algún país del tercer mundo, de los más pobres, ha incrementado sus presupuestos militares hasta en un 19 por ciento. Y a pesar de todo, las bombas siguen equivocándose. Sólo hay una forma de que no lo hagan. No disparándolas. Porque cuando existe una declaración de guerra tenemos que estar dispuestos a todo. A ver territorios devastados, cadáveres destrozados, a ver niños masacrados, a ver rostros que claman clemencia. A ver el mayor de los horrores. La paz ha sido una aspiración a lo largo de la historia. Pero todavía no la hemos logrado. Ni aprendimos que una mala paz es siempre mejor que la guerra. La historia nos demuestra que en todos los tiempos hay necios que llevan a los pueblos al desastre. Y que la violencia sólo beneficia a los sepultureros. Pero el cinismo de esta sociedad va mucho más allá. Al tiempo que se bombardea Afganistán se envían, por el mismo sistema, raciones de comida. Para que los afganos puedan alimentarse mientras aguardan pacientemente a que un misil los reviente. Al final van a morir empachados. Pero empachados de horror.