La Voz de Galicia

LA LÓGICA DEL TERROR

Opinión

ROBERTO L. BLANCO VALDÉS / EL OJO PÚBLICO

15 Sep 2001. Actualizado a las 07:00 h.

Los españoles la conocemos como pocos, pues como pocos la hemos padecido. Por eso sabemos que la lógica del terror es autista, además de impía e implacable. Y que se alimenta del delirio ideológico de los que la sostienen, para quienes la realidad ha sido sustituida por un mito. El de la liberación del País Vasco o el de la guerra santa contra el infiel occidental: ¡que más da! Resulta, por ello, un poco extraña la insistencia en responsabilizar a las víctimas de la crueldad de su castigo. Nos hemos cansado de leerlo desde el martes: cierto -se nos dice-, el atentado de Nueva York es un horror, pero ese horror parece la foto en negativo del que los americanos han sembrado. Dirán ustedes que deliro por dudar de lo que se da como sabido: ¡quizá! Pero creo que razonar así es desconocer la lógica del terror que ha provocado el atentado del ya inolvidable 11 de septiembre. Porque es cierto, ¡como no!, que los EEUU han desarrollado políticas que le han generado odios mortales: la practicada en Palestina, por ejemplo. Los EE UU han sido también, claro, el gran aliado de la Europa democrática para derrotar a los fascismos o frenar el expansionismo estalinista. Pero todo ello no impide denunciar su responsabilidad en el mantenimiento de un statu quo que condena a la miseria a una buena parte del planeta; y la que tienen, por omisión o por acción, en guerras locales y conflictos interétnicos. ¿Explica todo ello la voladura de las Twins? Sinceramente creo que no. Al igual que las agresiones de los gobiernos españoles hacia los vascos en los dos últimos siglos no explican el disparate criminal de ETA y sus compinches: la mejor prueba es que desaparecidas las causas que, supuestamente, lo habían provocado, el delirio continúa por su cuenta como si nada ¡nada! hubiera sucedido. ¿Por qué? Pues porque ese delirio, autista por completo, nace y se alimenta sólo de su red articulada de obsesiones: de una ideología autoritaria, fundamentalista y visionaria que, simplemente, impide el pensamiento racional. Si ello es así las conclusiones a obtener no son muy complicadas: que nada puede hacerse para que los terroristas desistan de su delirio criminal; solo cabe perseguirlos, detenerlos y juzgarlos; que sí es posible, sin embargo, evitar la contaminación de su fundamentalismo irracional en los países en donde han conseguido penetrar; que tal labor será imposible sin la colaboración del islamismo moderado; y que la búsqueda de esa alianza indispensable ha de determinar, ahora más que nunca, la respuesta que se debe dar a un atentado que exigirá de los americanos entereza política y moral. Pese a que tengan, como todos, destrozado el corazón.


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