La Voz de Galicia

LA ERMITA DE SAN HIPÓLITO

Opinión

CÉSAR ANTONIO MOLINA VIVIR SIN SER VISTO

30 Aug 2001. Actualizado a las 07:00 h.

Nos fuimos y regresamos a Calaceite, un pueblo en donde las casas habitan a las personas. Con Pilar Crespo preparamos la merienda para ir al campo. Aunque el mes de agosto no había finalizado y la luz de los días se prolongaba por más tiempo, me pareció que íbamos tarde. Tomamos el primer camino hacia Cretas, luego el cruce de Arenys de Lledó y poco más allá nos desviamos de estas carreteras secundarias para marchar, campo a través, ocultos por la densa carrasca. Al fin divisamos una pequeña colina y la ermita de San Hipólito. Ascendimos por una estrechísima y empinada cuesta. En la reducida explanada había varios coches. Formaban una excursión de jubilados. La mayor parte de ellos estaban sobre un mirador charlando amigablemente en catalán y castellano. El sol, aunque declinaba, esparcía sus rayos. Desde aquel otero divisábamos por doquier un horizonte ilimitado y diáfano. A nuestros pies se extendían amplios campos de olivos, viñas y almendros bien cuidados. Estos últimos estaban plantados en grandes cuadriláteros sin hojarasca, limpia la tierra a su alrededor como si estuviese recién arada. La perspectiva era como la de un cuadro de Giotto. Pilar nos recordó lo que este paisaje le sugería a Ángel: «Si el Paraíso existe, debe ser así». Nos fuimos saludando con estas personas e intercambiamos información sobre los respectivos orígenes. Todos tenían nostalgia de algún lugar en donde fueron jóvenes. Fuimos hacia la iglesia. Atravesamos un gran salón donde quedaban vestigios de un banquete. La puerta estaba cerrada. Salí de nuevo para recoger la llave escondida en un lugar secreto bajo una pequeña roca. La nave de la ermita no era muy larga. Tenía señales indelebles de haber sufrido las convulsiones de los tiempos. Quizás el único objeto de valor que se albergaba, aparte del silencio, era una pequeña estatua ecuestre del Santo. Por su estilo diría, sin peligro de equivocarme, que pertenecía al siglo XVIII. San Hipólito estaba a caballo y tenía la pinta de lo que fue antes de mártir: un capitán romano. Al salir de nuevo al atrio oímos la voz de una mujer cantando una canción. Volvimos a encontrarnos con aquellas gentes que comenzaban parsimoniosamente a recoger sus pertrechos y contemplamos los campos en una anclada serenidad y quietud. Nos despedíamos como hacen aquellos que han compartido un instante de sus vidas y saben que no volverán a encontrarse. Mientras iban cargando sus cestas en los automóviles, fuimos trayendo nuestras viandas y colocándolas sobre unas mesas de piedra. Los coches bajaban la estrecha rampa y eran comidos por las sombras de los árboles. Quedamos completamente solos los cuatro: Laura jugaba. Mercedes disponía los manjares sobre los manteles. Yo intentaba descorchar una botella. Pilar estaba de pie, quieta, apoyada en su bastón, mirando al sol que se ocultaba. De repente gritó que nos diésemos la mano. Un fuerte viento comenzó a soplar. Venía de muy lejos. Un viento que sólo transcurría por aquella pequeña meseta en donde aguantábamos en pie a duras penas. Ni almendros, ni olivos, ni vides se movían allá abajo. Un viento firme, acariciante. En ningún momento nos dio temor. Era como un soplo, un susurro, las voces que hacía tiempo no escuchábamos, una caricia, un escalofrío en las sienes. Estábamos solos sobre aquel corazón de la tierra y en seguida fue de noche.


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