La Voz de Galicia

LA TRISTE HISTORIA DE JON Y ROBERT

Opinión

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS A TORRE VIXÍA

24 Jun 2001. Actualizado a las 07:00 h.

Aunque sea opinar contracorriente, me siento orgulloso de pertenecer a una civilización que es capaz de poner en libertad a Robert Thompson y Jon Venables -los mal llamados «niños asesinos» de Liverpool-, después de atender a su recuperación psicológica, y de facilitarles una nueva identidad que les permita desarrollar una vida completamente normal. Y, por esa misma razón, me pone los pelos de punta el pensar que estoy rodeado de buenas personas que, invocando la memoria del pequeño James Bugler, asesinado ocho años atrás, quieren iniciar el arreglo del mundo con dos nuevos asesinatos, confundiendo la justicia con la venganza, y mostrándose dispuestos a formar parte de la jauría humana que acaba de iniciar la terrible cacería de Jon y Robert. ¿Qué está pasando en la sociedad europea para que se ponga en duda el principio de la irresponsabilidad penal de los niños? ¿Cómo vamos a evitar que los críos se conviertan en delincuentes prematuros si no sentimos asco por quienes están dispuestos a enterrarlos vivos en la cárcel? ¿Cómo es posible que los británicos se espanten ante la acción brutal de dos niños, mientras consideran normal y posible que alguien los elimine por venganza? El problema es que, tras siglos de lento progreso hacia una justicia penal humanitaria, hemos iniciado una etapa de regresión tan sutil como peligrosa, que, lejos de preocuparse por la rehabilitación de los delincuentes, convierte a los tribunales en instrumentos auxiliares del orden público y de la acción policial que lo mantiene. Y, aunque todavía no hemos vuelto a solicitar la pena de muerte -porque nos da vergüenza- nos hemos rendido sin condiciones a la lógica penal americana. La evidencia de que estamos ante una sociedad enferma no surge de que dos niños cometan un brutal y asesino desvarío, sino de que los mayores no sepamos reaccionar con grandeza moral y madurez psicológica, ni tengamos argumentos jurídicos más sutiles que la ley del Talión. ¡Hay que asegurarse de que no vuelven a matar! ¡Que paguen su crimen! ¡Hay que hacer un escarmiento! ¡El que mata -dijo Aznar- no es un niño, sino un asesino! Esos sí que dan miedo: los vengadores, los jueces eficaces, los policías expeditivos, los probos ciudadanos dispuestos a formar parte de la jauría de caza, los que no saben que, como dicen en Forcarei, «un neno é un neno». Hasta ayer mismo estuve convencido de que no hay nada más triste que una madre que llora por su hijo muerto. Pero ahora sé, y siento decirlo, que hay algo más penoso e inconsolable: la madre que va delante del populacho pidiendo a gritos que otro niño -como el suyo- se vaya a pudrir a la cárcel.


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