LA LITERATURA COMO PERVERSIÓN
Opinión
CÉSAR ANTONIO MOLINA VIVIR SIN SER VISTO
31 May 2001. Actualizado a las 07:00 h.
Mi vocación literaria se la debo a la Asociación Cultural Iberoamericana (ACI). Fue ésta mi primera universidad. Era su director, Miguel González Garcés y su secretario mi tío Antonio. Estaba sita en la Casa de la Cultura de A Coruña, encima de la biblioteca del Jardín de San Carlos, de la cual el mismo Garcés era su responsable. La sala donde se daban las conferencias era amplia y diáfana, con ventanales luminosos sobre la tumba de Sir John Moore. Por esta aula pasaron: Leopoldo de Luis, Celaya, Rosales, García Nieto, Alonso Montero, Uxío Novoneyra y un larguísimo etcétera del que, desgraciadamente, no me acuerdo. Quien más estuvo fue Cunqueiro. Durante cada curso venía dos o tres veces a ejercer aquella cátedra. El autor de Merlin e familia quería a mi tío Antonio como a un hermano menor y a Garcés como a un amigo al que admiraba como escritor y del que, sin embargo, a veces huía, pues éste se empeñaba en buscarle antecedentes, similitudes y orígenes científicos a las fabulaciones e imaginaciones del mindoniense. Hubiere el conferenciante que hubiere, sabíamos que contábamos con un espectador fijo: el policía de paisano. A decir por la cantidad de notas que tomaba, parecía más un alumno aventajado, un periodista, que un soplón. Esta presencia inquietaba a Garcés quien, ya de por sí, era una persona nerviosa. Durante muchas épocas, para cada conferencia venía un censor distinto y una de las más enconadas discusiones posteriores a la misma era el atribuir a unas u otras personas aquel sambenito. Durante un año comenzó a ir siempre el mismo sujeto. Iba vestido con una gabardina blanca abrochada por un cinturón, y un sombrero. Se hizo familiar. Incluso se acercaba a saludar a los invitados y les daba su beneplácito. La conferencia de clausura de aquel mayo revolucionario la dio, como casi siempre, Cunqueiro. Habló de los amores incestuosos de Novalis, de las masturbaciones de Hölderlin y Kant, de la vida disoluta de Lord Byron y otros románticos, o del matrimonio homosexual de Verlaine y Rimbaud acabado violentamente por los celos. Cunqueiro se había saltado el guión y parecía haber perdido el rumbo. Garcés comenzó a secarse el sudor de la frente con su pañuelo y a levitar a medida que la figura siniestra de la gabardina hacía muecas. Cunqueiro que se transfiguraba hablando, se dio cuenta del estado en el que se encontraba su buen amigo. Volvió a la realidad, le dirigió la mirada y cogiendole de un brazo le susurró cariñosamente: «¡Pósate Miguel, que ya no hay más libertinos!». La conferencia había terminado y todos aplaudimos. El hombre de la gabardina se levantó y se vino hacia el pequeño corro formado por los intervinientes, mi tío y yo mismo. Me agarró del hombro y me pregunto la edad. «Quince años», le contesté todo orgulloso sin prevenir su maldad. Entonces mirándolos inquisitorialmente comentó: «¡Son ustedes unos pervertidores. Den gracias a que no estoy de servicio!».