«Rápido, rápido, al helicóptero; hay un caído en combate»
Internacional
Testigo directo | Operaciones de las tropas norteamericanas Los soldados estadounidenses saben que si caen heridos o muertos en alguna acción de la insurgencia el equipo de evacuación irá a por ellos estén donde estén.
09 Apr 2006. Actualizado a las 07:00 h.
«¡Rápido, rápido. Al helicóptero. Hay un caído en combate y un herido al norte de aquí!». Eric Saldana salta de su garita y corre hasta los mandos de su helicóptero Blackhawk. Los demás miembros de su equipo de evacuación sanitaria, el médico, el copiloto y el mecánico, se han puesto en acción en cuanto sus walkie talkies han comenzado a escupir la señal de alerta. Corre la adrenalina y el sentido de la responsabilidad. Ahí afuera hay alguien muriéndose. Subimos al helicóptero y nos da el tiempo justo para atarnos los arneses porque Eric despega a toda velocidad. «La cosa va así. Despegas y vas a por tus compañeros caídos. No sabemos qué nos vamos a encontrar. A lo peor hay disparos. A lo peor nos atacan. Sabemos el punto de encuentro y nada más. Aterrizas donde puedes y sacas a los heridos de allí. Y llegas como sea, porque los hombres, cuando van al combate, tienen que saber que tú vas a ir a recogerlos si ellos caen. Haga el tiempo que haga. Con mucha o poca visibilidad. De día o de noche», dice Eric. Tiene 28 años, dos hijos, y una mujer que ya no le espera. Se cansó. Estuvo un año desplegado en Tikrit tras la invasión. Ahora ha vuelto para otro año. «Nadie aguanta esto. Es difícil estar separado tanto tiempo. Pero es así. Unidades como la nuestra están muy solicitadas porque siempre es necesario sacar a los heridos de la zona de combate. La verdad, a mí me encanta. Me gusta pensar que salvo algunas vidas», dice. Aún se acuerda de la primera vez que su trabajo no le dejó dormir. Evacuaron a dos hermanos iraquíes atropellados por un vehículo norteamericano. Preguntó por ellos al día siguiente en el hospital. El niño sobrevivió. La niña no. Eric es dominicano y se entretiene hablando español con varios de los puertorriqueños que forman la unidad. Llegó a Estados Unidos con 17 años y muchas ganas de ganarse la vida. Apenas terminó los estudios, pero alguien le habló del Ejército. Ahora es un piloto de élite a los mandos de un helicóptero que sobrevuela la llanura de Mesopotamia a baja altitud mientras sueña con volver a su República Dominicana. Estamos en el corazón del triángulo suní, la zona más caliente de Irak, el hogar de la resistencia. Sin embargo, desde aquí arriba, desde el helicóptero, el paisaje se ve lleno de campos sembrados, vacas pastando y pacíficos agricultores trabajando con la azada. Engañoso. Aquí la paz se vuelve guerra en lo que tarda en explotar una bomba. Hace cuatro días viajábamos en un Blackhawk desde Bagdad hasta la base aérea de Balad, donde están desplegados Eric y sus hombres. Otro helicóptero volaba en paralelo a nosotros. Todo parecía estar en calma hasta que sobrepasó un pequeño poblado lleno de palmeras. Entonces sus sistemas antimisil se dispararon. Cuatro bengalas salieron hacia los lados para evitar un ataque que al final no se produjo. Pero el peligro siempre está ahí. Humo amarillo El vuelo no dura más de diez minutos. Estamos cerca de Palawuda, una pequeña población del triángulo suní. A lo lejos empezamos a ver el convoy norteamericano atacado. Estaba circulando por un camino sin asfaltar, entre campos cultivados. Un humo amarillo marca el punto que los soldados han elegido para que aterrice el helicóptero. Eric pone el helicóptero de medio lado y se lanza sobre la zona de aterrizaje. La maniobra pone el corazón en la boca. El aparato toma tierra bruscamente envuelto en el humo amarillo de la bengala. El mecánico de vuelo salta del avión y abre las puertas. Todos salimos corriendo entre el estruendo y el torbellino que levantan los rotores. Los soldados del convoy atacado han formado un perímetro para defenderse de nuevos ataques. Sudan por el calor y la tensión. A pocos metros del helicóptero, cinco soldados rodean a Giovanni Carvajal, soldado del Ejército de los Estados Unidos, que sangra abundantemente por la pierna izquierda y por la cabeza. Sus botas est'an calcinadas por la explosión. Al fondo está su vehículo, un camión de transporte que ha quedado reventado por la explosión de una bomba situada a un lado de la carretera. Cerca del camión hay un soldado muerto. El fantasma de las bombas caseras Los norteamericanos las llaman IED, artefactos explosivos improvisados, que la resistencia coloca a los lados de las carreteras o los caminos por los que pasan los soldados. Las hacen con cualquier cosa, con proyectiles de artillería viejos, con dinamita. Las camuflan en los cadáveres de perros muertos, en burros, en maniquíes a los que visten como mujeres. Hasta Bush ha admitido que son el peor enemigo al que se enfrentan en Irak. Su Gobierno ha gastado un montón de millones de dólares en desarrollar mejores blindajes para sus vehículos para cortar la sangría de vidas que les estaban costando. Pero tan rápido como han desarrollado técnicas para evitarlas, los insurgentes han agudizado su ingenio para hacerlas más mortíferas. Las últimas que han encontrado los norteamericanos son capaces de perforar hasta los mejores blindajes. Los convoyes se retrasan y los soldados se niegan a seguir el camino hasta que no han pasado los desactivadores de explosivos, que estos dias no dan abasto. Giovanni grita y se retuerce de dolor. Chilla cuando le mueven la pierna, casi destrozada por la metralla y la onda expansiva. Sus gritos se oyen por encima del sonido del helicóptero. Sus compañeros lo cargan en una camilla y lo suben a la aeronave. El médico, antes de hacerse cargo de él, saca una camilla y se la tira al suelo a los soldados. Es para el muerto. La guerra es así. Los vivos tienen prioridad, a los cadáveres les toca esperar al siguiente helicóptero. El vuelo de vuelta a la base de Balad, y a su hospital de campaña, es igual de rápido. El médico cuida del herido, le conforta, le mantiene estable. Cuando aterrizamos en el helipuerto, varios enfermeros están esperando como una camilla. Giovanni cree morirse cuando lo mueven otra vez, pero ya está en buenas manos. Los médicos lo examinan en el hospital de campaña. ?No te preocupes, chaval, lo vas a conseguir?, le dice uno de los doctores. Tiene buenas razones para ello. El 96% de los que llegan aquí sobreviven y eso incluye al tercio de todos ellos que pertenece al Ejército y a la policía iraquíes. Le hacen placas y un escáner. La herida de la cabeza es sólo superficial. En la pierna tiene una fuerte hemorragia, los dos huesos rotos y los músculos destrozados. «En ocho semanas a este lo tenemos andando de nuevo. Lo vamos a operar y esta noche se irá para Alemania», dice el teniente coronel Farrell Por la entrada del hospital entra el cadáver cubierto del soldado muerto. Baja número 2350. Su nombre sólo se hará oficial al final de un proceso de identificación y nunca antes de que el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, se lo comunique a sus familias. Giovanni tiene más suerte. Va camino del quirófano. Lo antestesian. Le ponen unos clavos en la pierna. Antes de poner manos a la obra, el cirujano le da al play de un radiocaset. Suena «American Idiot», la más antiguerra y antiBush de todas las canciones de Green Day.