Reportaje Jubilados, inmigrantes y personas solas se llevan la peor parte de las amplias bolsas de pobreza que existen en Galicia, excluidas de la bonanza económica de los últimos años
17 Mar 2007. Actualizado a las 06:00 h.
Belén tiene un marido incapacitado para trabajar, una hija de 17 años y un perro en un piso que, cada primero de mes, se come 30 euros para una comunidad que ni siquiera tiene ascensor. Belén percibe una pensión de 400 euros («a medio mes ya no tenemos un duro») como único sustento para mantener un entramado al que se acaban de añadir, de una tacada, dos miembros más: el novio de su hija y el bebé que han engendrado los dos y que apenas lleva un par de meses en el vientre de su ilusionada madre. ¿Una catástrofe? Para Belén no lo es. Es una alegría. Vienen dos bocas más para alimentar, pero también más brazos para trabajar. El chaval aún está en paro, pero el horizonte de Belén parece brillar un poco más.
«Lo que es decisivo para determinar si un hogar está o no en situación de pobreza es la cantidad de personas que aportan ingresos a ese hogar». Lo dice Carlos Gradín, profesor de Economía en la Universidade de Vigo y uno de los responsables de un estudio que radiografía las amplias bolsas de pobreza que existen en Galicia, que no han olido los últimos años de bonanza económica.