El mito de Napoleón sigue vivo
Galicia
Dos siglos después de la coronación de Napoleón, los franceses siguen admirando al genio que conquistó Europa y al gobernante que transformó las estructuras del Estado
01 Dec 2004. Actualizado a las 06:00 h.
Doscientos años después de que él mismo se coronara emperador, Napoleón Bonaparte sigue gozando de la más alta consideración de sus conmpatriotas; sólo el general De Gaulle le gana en el ránking de popularidad de personalidades históricas. Pero el paso del tiempo y el pacifismo que se impone ha desplazado la admiración inicial por el militar conquistador hacia el gobernante que transformó las estructuras del estado. Hoy se cumplen dos siglos de aquella ceremonia de opereta en la catedral Notre Dame y la versión autorizada que Jacques-Louis David pintó en una tela gigantesca sigue siendo el segundo cuadro más visitado del museo del Louvre después de la Gioconda. Cinco grandes exposiciones y un festival de cine conmemoran el aniversario; las editoriales han aprovechado para sacar más de una decena de libros que se suman a los más de 50.000 publicado sobre el personaje. Uno de los más esperados está aún en imprenta: las 35.000 cartas que escribió el emperador -muchas inéditas- y que ocupan nada menos que diez volúmenes. Según el vicepresidente del Instituto Napoléon de La Sorbona, Jacques Jourquin, los franceses siguen estando orgullosos de que Napoleón conquistara Europa pero desde hace unos años «se ha producido una reacción más intelectual, consagrándole como el creador de la Francia moderna y los estudios se centran más en el plano legislativo y administrativo que en el militar». Y el sondeo realizado por TNS Sofres le da la razón: un 64% le consideran ante todo fundador y reformador de instituciones. A él le deben los franceses el fuerte centralismo que sigue dominando en la V República y que ha dejado las reivindicaciones nacionalistas relegadas con más o menos radicalismo a bretones y corsos. Consiguió implantar el sistema métrico decimal y reformó la justicia y la administración: con su imperio nació también la palabra «burocracia». Democracia no fue en cambio lo suyo. Gobernó como dictador, eliminó las elecciones, dejó 13 de los 72 periódicos que existían. Los redactores acreditados tuvieron sitio reservado aquel 2 de diciembre de 1804 en la catedral de Notre-Dame, vestida con sedas y terciopelos y vigilada por seis batallones de granaderos. La hora de inicio de la ceremonia se mantuvo tan en secreto que hasta el Papa Pio VII tuvo que esperar dos horas a que Bonaparte hiciera su majestuosa entrada con un manto de 22 metros. Eran las once de la mañana. Napoleón era ateo declarado y la presencia del sumo pontífice sólo tuvo valor decorativo. Pío VII sólo esbozó su bendición en el cuadro de Jacques-Louis David, y eso porque el emperador decidió que no lo había hecho venir desde Roma «para que estuviera con los brazos cruzados», su auténtica postura, mientras Josefina recibía la corona de manos de su esposo. La primera dama había aprovechado la presencia papal para tenderle una trampa: torturada por unos remordimientos repentinos confesó a Pío VII que vivían en pecado y le pidió que los casara antes de la coronación. Napoleón intentó hacer valer su boda civil pero, tras pasar la noche en vela, tuvo que claudicar. Fue ese «sí» a la Josefina que repudiaría años después lo que le hizo llegar tarde a su propia coronación.