Paisajismo de ciudad y soledad
Firmas
Adriansens y Otero, dos propuestas en la capital
03 Dec 2012. Actualizado a las 07:00 h.
En la galería de arte Manuel Márquez (MM), y hasta el próximo día 21, expone el pintor, literato y comentarista mediático -radiofónico y televisivo- Juan Adriansens (Habana, Cuba, 1936, con residencia en Madrid desde 1954) diecisiete obras de pintura, dedicadas a vistas y detalles de bodegón (puertas, cerrojos y aldabas) de Venecia y Roma (solo se sale de ese horizonte turístico italiano un cuadro, que representa una aldaba, de Logroño). El título de la exposición es Imágenes para un itinerario, que recuerda el primer turismo histórico de la burguesía inglesa a Italia, creador de las bellísimas vistas de Venecia y Roma para la historia del arte. Precisamente, en Italia nació la vocación a la pintura de Juan.
Hijo de diplomático, vivió su infancia y juventud en los Estados Unidos, Bélgica, Holanda, Francia, Uruguay y Jordania. Pero fue en Italia, en un viaje con su padre que les obligó a una accidentada pausa de un día en Florencia, donde se produjo su encuentro fulgurante de amor a primera vista con la pintura: en Uffizi y más concretamente en las obras de Ghirlandaio, ese representante de libro del Renacimiento. Desde entonces, un núcleo de sus viejos maestros pintores es el renacentista italiano.
Pero hay más: el otro núcleo está constituido por los primitivos flamencos. Y eso también tiene su explicación, igualmente familiar por más señas. Su familia, de los Adriansens, emigró a mediados del siglo XVII de Holanda a España, dadas su condición católica y la presión del absolutismo de aquel siglo representado por el adagio cuius regio, eius religio, acuñado en 1612 por el jurista Joachim Stephano (1548-1623), de la Universidad de Greifswald. Cifra esa frase la llamada religión de Estado.
El historiador del arte, así como director de la galería MM, Manuel Márquez, sintetiza espléndidamente en un tríptico-catálogo el contenido esencial de la pintura de Adriansens centrado en los siguientes puntos: un hiperrealismo proveniente del ilusionismo pictórico del Quattrocento italiano; un color que podría tanto provenir de Filipino Lippi como de Botticelli o Ghirlandaio; y, en fin, la vanitas del Barroco.
A mí, personalmente, me aseguró Juan Adriansens que toda la pintura de su muestra es de un realismo pasado «por el paso del tiempo». Se trata de la nostalgia de un hombre que bien a gusto podría haber sido un buen renacentista trasladado por el túnel del tiempo.
Paisajismo natural idealizado
En el Centro Cultural de la Diputación, sala 2, del primer piso, y hasta el próximo día 16 expone su pintura Xosé Luis Otero (Xosé Luis Otero Becerra, Nocelo de Pena, Xinzo de Limia, Ourense, 1964, con residencia actual en Pontevedra) bajo el título Post Industrial.
Es un paisajista natural rural de arte de la idea; y en el 2009 expuso en la Casa de Galicia de Madrid, bajo el título Paisajes. Su pintura, expresionista en la forma, aunque paradójicamente impresionista en el fondo, se afirma, pues, en la sociedad post-industrial, que definieron por los años 60 del pasado siglo Touraine y Daniel Bell en sendos libros coetáneos, y que, precisamente, otorga el poder social al conocimiento, abierto, sin pretéritas luchas de clases sociales, a todas las fortunas, en premonición de Peter Drucken. Supongo que ese planteamiento se aviene psicológicamente a la seca grandeza de la naturaleza indomable que pinta. De otro lado, la otra cara de esta pintura puede ser por fuerza la nostalgia, A la vista de la exposición madrileña a que me he referido, dijo una crítica de Álvaro Martínez en ABC: «Salta a la vista que en esa tierra elegida e imaginada por Otero abundan los grises, los marrones y los ocres, que en la historia del arte nos han remitido siempre a la nostalgia». Esa fuerza nostálgica se esconde para ese crítico, bajo una «mezcla del impresionismo de Monet y el posimpresionismo de Van Gogh».