«Deep Sky»
Escuela
El planetario de la Casa de las Ciencias presenta un nuevo documental sobre los secretos que se esconden tras el lienzo negro de la noche
14 Apr 2015. Actualizado a las 21:24 h.
A simple vista, en una noche cerrada, en el cielo solo vemos estrellas, planetas, la Luna y quizá también el brillo lechoso de la Vía Láctea. Y así fue durante miles y miles de años, hasta que a comienzos del siglo XVII Galileo Galilei comenzó a escrutar el firmamento utilizando los telescopios que él mismo diseñaba y construía. Con ellos descubrió que allá donde el cielo parecía negro y vacío aparecía una multitud de estrellas. La propia Vía Láctea o el cúmulo de las Pléyades también se convertían en una miríada de estrellas demasiado débiles para verse con el ojo desnudo. De este modo, el fondo negro dejó de ser una propiedad del cielo para convertirse en el resultado de las limitaciones de nuestro sistema visual.
Durante décadas los astrónomos se dedicaron a registrar la posición de todas las estrellas que descubrían con sus telescopios. Encontraron también algunos objetos de aspecto nebuloso cuya luz se difuminaba en un borrón, pero que claramente pertenecían al firmamento, ya que cada noche se los podía encontrar en el mismo lugar entre las estrellas. Charles Messier, un afamado buscador de cometas del siglo XVIII, recogió más de cien de estas nebulosas en el catálogo que hoy lleva su nombre. La razón de este interés es que cometas y nebulosas suelen tener un aspecto muy parecido, y la primera regla para descubrir los primeros es tener la certeza de que no se los confunde con una nebulosa ya registrada.
Durante siglos la exploración del cielo profundo estuvo lastrada por la dificultad de medir las distancias que nos separan de las estrellas. Los astrónomos podían clasificar estrellas, nebulosas y cometas, pero no tenían mucha idea de las distancias a las que se encontraban y, por tanto, de la forma en que se distribuían por el universo. Todo cambió a comienzos del siglo XX, cuando los hallazgos de Henrietta Leavitt y Edwin Hubble permitieron empezar a medir las distancias a estrellas muy lejanas. A la luz de sus descubrimientos, nuestra galaxia, la Vía Láctea, resultó ser una entre las miles de millones de galaxias que pueblan el universo.
El campo profundo del Hubble
En 1995 el telescopio espacial Hubble fotografió un espacio prácticamente vacío en la constelación de la Osa Mayor. Se trata de una región muy pequeña que ocupa una superficie equivalente a la de una pelota de tenis situada a 100 metros de distancia. A lo largo de diez días el telescopio tomó 342 fotografías de esta parcela del firmamento hasta sumar unas 140 horas de exposición. La imagen resultante reveló la presencia de al menos 3.000 galaxias, algunas de las cuales eran las más lejanas que nunca se habían observado. Tres años después el Hubble repitió la observación en otro lugar de la constelación del Tucán, casi en las antípodas de la primera. El resultado fue, tal y como se esperaba, muy similar: una impresionante colección de galaxias remotas que demostraba que el universo es esencialmente igual en todas direcciones.
Las galaxias no se distribuyen de forma homogénea por el universo, sino que forman pequeñas familias o grupos que a su vez se arraciman en grupos más amplios llamados cúmulos y supercúmulos de galaxias. A gran escala podemos decir que las galaxias forman largos filamentos que dejan inmensas burbujas vacías en su interior. Durante la producción de Deep Sky fue necesario cambiar el guion para dar cabida a los últimos hallazgos sobre la posición de la Vía Láctea en estas inmensas estructuras. Actualmente todo indica que nuestra galaxia se encuentra en la periferia de un inmenso supercúmulo galáctico al que se ha bautizado con el nombre de Laniakea, término que en hawaiano quiere decir 'cielos inconmensurables'. Una vez más, la ciencia nos aleja de aquel sueño primitivo que nos situaba en el centro del universo. Hoy sabemos que nuestra especie ha surgido en los alrededores de una estrella mediana situada cerca del borde de la Vía Láctea, una galaxia como tantas que, a su vez, se encuentra en los arrabales de uno de los muchos supercúmulos que parecen formar el universo.
No somos (casi) nada
Hace dos mil años nuestros antepasados miraban al firmamento y veían dioses, héroes y otros seres mitológicos que participaban activamente en sus propias vidas. Pero a medida que aprendemos a descifrar qué es todo eso que nos rodea tenemos la sensación de que nuestras preocupaciones y anhelos son algo muy pequeño comparado con la inmensidad del universo. Carl Sagan, uno de los grandes divulgadores científicos del siglo XX, se rebeló frente a ese sentimiento de irrelevancia que a veces nos asalta, y lo hizo con un texto maravilloso en el que consigue transmitirnos cierta responsabilidad cuando miramos nuestro pequeño planeta desde el espacio.
«Echemos otro vistazo a ese puntito. Ahí está. Es nuestro hogar. Somos nosotros. Sobre él ha transcurrido y transcurre la vida de todas las personas a las que queremos, la gente que conocemos o de la que hemos oído hablar y, en definitiva, de todo aquel que ha existido. En ella conviven nuestra alegría y nuestro sufrimiento, miles de religiones, ideologías y doctrinas económicas, cazadores y recolectores, héroes y cobardes, creadores y destructores de civilización, reyes y campesinos, jóvenes parejas de enamorados, madres y padres, niños llenos de esperanza, inventores y exploradores, profesores de ética, políticos corruptos, superstars, «líderes supremos»... Santos y pecadores de toda la historia de nuestra especie han vivido ahí... sobre una mota de polvo suspendida en un rayo de sol».
Galaxias en colisión
Una de las secuencias más espectaculares de Deep Sky muestra la colisión que sufrirán nuestra Vía Láctea y la vecina galaxia espiral de Andrómeda dentro de unos 4.000 millones de años. Este es más o menos el tiempo de vida que le queda a nuestro sol, por lo que, si para entonces aún quedan en nuestro planeta seres inteligentes capaces de apreciarlo, podrán disfrutar de un espectáculo similar a la recreación que se hace en este documental.
Al contrario de lo que cabría pensar, la colisión de dos galaxias no implica que las estrellas que las forman choquen entre ellas. Las distancias interestelares son tan grandes que las galaxias están prácticamente vacías, de tal modo que cuando dos de ellas entran en colisión simplemente se entrecruzan sin que sus estrellas apenas se toquen. Lo que sí ocurre, y podemos verlo en múltiples ejemplos en las imágenes de cielo profundo del Hubble, es que las perturbaciones gravitatorias durante el proceso alteran las órbitas estelares y deforman la estructura de las galaxias.
Un proyecto con muchas manos
Del mismo modo que los hallazgos científicos suelen ser el fruto del trabajo de muchas personas, los grandes proyectos de divulgación como el documental Deep Sky también surgen de un esfuerzo colectivo. Fernando Jáuregui, astrofísico del Planetario de Pamplona, es el autor del guion y el director de la película. Bajo su coordinación ha trabajado un equipo de animadores, músicos, ingenieros de sonido, productores y diseñadores del propio planetario navarro y de los Museos Científicos Coruñeses y el Parc Astronomic del Montsec. La Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología ha contribuido con una importante aportación económica y en la lista de créditos también aparecen fotógrafos, astrónomos y agencias espaciales.