«Es útil, pero también algo angustioso»
Educación
Jose es usuario de un pinganillo y utilizó uno durante el bachillerato
23 Apr 2018. Actualizado a las 09:25 h.
A Jose no le gusta estudiar. Se define como «vago para clase» aunque muy trabajador fuera de ella. Por eso, porque siempre acababa suspendiendo, decidió un día probar un pinganillo para copiar. Fue hace tres años y estaba estudiando bachillerato en un instituto público.
«Buscando por Internet encontré el pinganillo y lo probé». Le costó unos 200 euros y el resultado fue en general «bueno» aunque tiene «sus cosas». Estas son varias, sobre todo de tipo psicológico por lo que él mismo cuenta: «El pinganillo es del tamaño de una lenteja y te lo colocas dentro del oído. Tienes que sentir como si una gota de agua te golpease el tímpano, y es algo raro. Después, tienes la sensación de estar todo el rato con el oído taponado, pero a mí me resultó angustioso sobre todo porque oyes a alguien perfectamente pero nadie más lo hace, y eso me agobiaba un poco».
Quitarse el pinganillo, a pesar de lo que parece, es lo más sencillo de todo el proceso: «Lleva una especie de bastoncillo con un imán y sale sin problema».
Además del audífono en el tímpano, el tramposo debe llevar un anillo inductor alrededor del cuello para la transmisión de datos. «Ya me ves a mí en junio con una camiseta térmica y una camisa por encima para que no se notase el anillo», recuerda.
Hablar en susurro
En el bolsillo llevaba un segundo móvil, con la llamada activada desde que salió de casa pero en silencio. Su hermana, al otro lado, estaba en la habitación de Jose esperando instrucciones. «No tienes que hablar alto ni nada, se oye de maravilla y creo que en los de ahora es mejor el sonido». La charla con el cómplice tiene truco porque «dependes de alguien y eso no es cómodo». Además, no vale para los exámenes muy prácticos porque «tienes que ir recitando todos los ejercicios». Pero, si se ensaya el ritmo, para las materias de letras es cómodo porque uno solo tiene que ir escribiendo al dictado.
¿Qué conclusión sacó Jose de la experiencia? «Bueno, es un sistema útil pero también algo angustioso. Yo lo usé solo dos veces», reconoce. Si tuviese que elegir, prefiere «el reloj chuleta, pero ahora ya no los dejan. Eran muy cómodos porque solo tenías que descargar el pdf y con un movimiento aparecía la hora otra vez si venía el profesor».
Ahora, que está terminando sus estudios profesionales, este santiagués no necesita los artilugios para copiar, y de hecho no conoce a nadie que los lleve. Cree que en la universidad hay inhibidores de vez en cuando y eso puede acabar siendo un problema, y además están prohibidos en los exámenes los relojes inteligentes. Como en su caso gran parte de las asignaturas se solucionan con trabajos, Jose parece haber superado su fase de tramposo, aunque no lo descarta en un futuro: «Esto es como la guerra -bromea- hay que sobrevivir». Lo que no se plantea, ni siquiera ahora, es pasar horas y horas chapando.