La Voz de Galicia

El lobo, «el sabio de los montes»

Deza

francisco rubia alejos Lalín

En la cultura de Galicia representa el animal mítico por excelencia, con protagonismo en Deza

20 Dec 2021. Actualizado a las 12:40 h.

Dentro de los trabajos dedicados al patrimonio de Deza que venimos publicando, no podíamos dejar de incluir al lobo, y su apasionante mundo. Dada la extensión del tema, trataremos solo de una pequeña parcela, centrando la atención en el pensamiento que se tenía en tiempos pasados, cuando este animal tan astuto, tan cauteloso y tan diestro, además de ser temido por su ferocidad, era considerado en la tradición popular un animal maléfico con poderes demoníacos y el principal y más nocivo enemigo del hombre, sobre el que recayó posiblemente la mayor persecución conocida a lo largo de toda la historia.

Es importante poner en claro, que la mayor parte de este trabajo es una mera exposición de la vida lobuna y de sucesos pretéritos, que no guardan en su enfoque ninguna intención en la problemática actual del lobo.

 

Memorias lobunas

La habilidad del lobo para excavar la tierra por debajo de las puertas de las cuadras es muy conocida cuando la hambruna le resultaba extrema. En esta situación se abre paso y entra furioso en busca de su presa. Su desesperación hace que se exponga al máximo.

Un aspecto del lobo poco conocido, pero que formó parte de su modus vivendi, fue el de profanador de sepulturas. Desesperado en ocasiones por el hambre, se dejaba guiar por su fino olfato y desarrollado instinto de supervivencia, y al amparo de la oscuridad de la noche, se dedicaba en el medio rural a excavar las tumbas en torno a las iglesias parroquiales, desenterrando cadáveres y devorando su carne, en especial si las inhumaciones eran recientes. Esta situación, de por sí espantosa, se tornaba de especial amargura para los familiares del finado, contribuyendo a incrementar su dolor y el odio secular hacia este animal feroz.

 

Se sabe qué hace 300.000 años el hombre de Neandertal ya enterraba a sus muertos. De los sistemas de protección ideados para preservar las inhumaciones, hay constancia desde la más remota antigüedad de diversas modalidades de monumentos funerarios, alcanzándose el mayor grado de perfección a partir de la Edad Media con los sarcófagos antropomorfos o sartegos, abundantes en Galicia. Estas urnas sepulcrales estaban echas de un bloque de piedra ahuecada y cerradas con una gruesa tapa pétrea —a modo de seguro cofre— que, una vez soterradas en el campo-santo resultaban inexpugnables. Debemos tener en cuenta que las inhumaciones protegidas dentro del tempo bajo las losas de la nave, llamadas huesas, eran limitadas en número, y acabaron prohibiéndose por razones de salubridad.

 

 

Relación con el hombre

León F. Whitney, en el prólogo de su obra Psicología y adiestramiento del perro (1974), dedica unas páginas introductorias al lobo común (Canis lupus), por ser el antepasado más próximo del perro. En opinión de este autor «todo lo que hace el lobo está destinado a facilitar su perpetuación o supervivencia de la especie, [...] y en condiciones normales no teme al hombre, pero lo respeta. La reacción instintiva del lobo hacia el hombre es evitarlo. Tiende a atacar al adversario que huye, más que al que le hace frente, pues todos sus instintos son de tipo persecutorio».

 

 

La reacción del lobo ante la presencia del hombre, queda claramente recogida por Francisco de Paula Fernández en su libro Sobre el lobo, y su presencia en Galicia (Cuadernos de Estudios Gallegos, tomo XVIII), cuando dice: «en cuanto huele al hombre se le despierta la idea del peligro, de un peligro que desconoce, pero que presiente, y pone todas sus inmensas facultades en tensión, todo se le hace sospechoso, de todo recela».

 

Como es sabido los lobos son esencialmente merodeadores nocturnos. La oscuridad los hace mucho más audaces. Sus sentidos están muy desarrollados; oído, vista y olfato son singularmente finos. Físicamente están organizados para la carrera rápida (C. Claus, Van Tieghem, Lapparent, &. Los tres Reinos de la Naturaleza. Zoología. 1891).

 

Para derribar piezas de gran tamaño —como por ejemplo alces— dos o más lobos proceden en primer lugar a desjarretarlo. El jarrete, es un tendón de las extremidades posteriores de los cuadrúpedos, homólogo del que une el talón con la pantorrilla en el hombre, denominado tendón de Aquiles. Sajada esta fibra, las extremidades posteriores del animal quedan imposibilitadas, y cae sentado indefenso sobre sus cuartos traseros, irremisiblemente condenado.

A los ciervos no suelen desjarretarlos. El ataque del predador se concentra en el vientre, la grupa y, a veces, en la garganta. En los grandes rebaños de ovejas, los lobos suelen abatir los ejemplares más débiles, arrebatando la presa a la carrera (Whitney).

 

Azote del hambre

El lobo se envalentona con el hambre y cuando está reunido en manada. Fuera de estas situaciones el peligro para el hombre es mucho menor. En los países donde abunda mucho el lobo, como en Rusia, Noruega y la antigua Tartaria, es muy temible para los ganados y aún para el hombre, por reunirse en el invierno manadas de varios miles de individuos que, movidos por el azote del hambre, llegan a atacar a las aldeas y pequeños pueblos (Emilio Rivera Gómez. Elementos de Historia Natural. 1879).

 

Respecto a su resistencia —dice Whitney— posee una extraordinaria fortaleza física. Seis perros de trineo, lobos puros o cruzados, pueden mover una carga como dos caballos de tiro. La tenacidad con que es capaz de perseguir a sus presas consigue que lleguen hasta el agotamiento. Su velocidad de acoso se estima de 20 a 25 kilómetros por hora, que puede subir a 50 en carrera lanzada. Y aún se sabe de ejemplares que, perseguidos desde automóviles o avionetas, han alcanzado hasta 70 Km por hora.

El lobo poseen un sistema dentario verdaderamente carnicero. Para efectuar la mordida «… hunde sus colmillos en la presa y sacude su cabeza adelante y atrás para hincarlos mejor, sajando el pelo y la piel de su víctima. Mientras devora, y dependiendo de la cantidad de comida que lleva a sus fauces, emite por las fosas nasales sonidos a modo de zumbido» (Whitney). La alimentación del lobo en Galicia está (o estaba) basada fundamentalmente en el corzo y jabalí, reses domésticas, desperdicios de animales muertos y ocasionalmente perros.

Merodeador y temeroso del hombre

El lobo, aún en la distancia sabe discernir si el pastor del rebaño es hombre o mujer por su silueta (pantalones o falda) y por su voz. Al hombre le teme, puede portar escopeta. A la mujer, pese a los gritos pidiendo ayuda y aspavientos tratando de ahuyentarlo, no le tiene el mismo respeto. Lo que más ahuyenta al lobo es el fuego. El sonido de la gaita y el chirrido del carro del país, también lo espanta.

Numerosos observadores confirman que el lobo es un animal carnívoro que consume también gran cantidad de productos vegetales, al ingerir los materiales alojados en el estómago de sus presas. También devora los intestinos. El peso medio de comida consumida por un lobo adulto en cada ocasión es de 5 a 6 kilogramos, si dispone de cantidad suficiente. Algunos autores refieren datos constatados que apuntan hasta los 8 kg, pudiendo llegar en algún caso a 10. El estómago puede dilatarse hasta adquirir el tamaño de una sandía.

Los ejemplares grandes de lobo hacen una copiosa comida que ingieren con rapidez sin apenas masticar. Luego buscan donde dormir. En ocasiones, es tal el atracón que apenas pueden moverse y son abatidos con facilidad por cazadores.

Cuando en su alimentación escasea la caza mayor no desdeña comer yemas vegetales, bayas, caracoles, roedores, conejos e incluso zorros. La edad máxima del lobo común (Canis lupus) es de 15 años. El color del pelaje clarea por lo regular con el paso de los años.

 

 

Estimación de individuos

La estimación de lobos en Galicia en tiempos pasados era numerosa. Antiguamente podía formar manadas de muchos individuos. La Península Ibérica en 1900 estaba colonizada por el lobo en un 85 % de su extensión, siendo en 1983 apenas en un 15 % (Miguel Ángel Maestro. Nota de prensa. La Coruña). En los años 50 todavía se observaban lobos en barrios compostelanos muy de madrugada en busca de residuos (Xosé M. Penas Patiño, O lobo. 1985). Los diarios de esa época recogen abundantes noticias de ataques de lobos a personas en toda Galicia.

 

Una referencia dieciochesca de la abundante presencia del lobo en Deza, la localizamos en un documento (1736). Se trata de una de las regalías de los poseedores del pazo de Don Freán. Consistía en el derecho de elegir y nombrar Juez con Carta de Título, entregándole la vara para la administración de la justicia durante el tiempo de su voluntad. Los jueces nombrados debían comprometerse, entre otros importantes menesteres derivados de su cargo, a «que se aprisionen los perros por el tiempo que los pueden hacer menos». Refiriéndose a los meses más crudos del invierno, en que el lobo acuciado por el hambre solía merodear aldeas durante las noches en busca de alimento, haciendo grandes estragos entre los perros que atacaba y devoraba en caso de encontrarlos en libertad. Esta situación debió prolongarse en Deza en cierto grado, al menos hasta 1950. En Don Freán, según la correspondencia de esa época, había tantos lobos por los alrededores como perros en la aldea.

 

 

En las bibliotecas de los pazos existen libros que se podían clasificar de clásicos. De este grupo forman parte las Historias Naturales y muy en particular la del reputado naturalista francés Georges Louis Lecrerc, conocido como el Conde de Buffón (1707-1788). Haciendo uso de esta obra tomamos unas notas del capítulo dedicado al lobo. «… Es el lobo uno de los animales que más afición tiene a la carne […] el hombre le ha declarado la guerra y le ha proscrito poniendo precio a su cabeza, y así es que le obliga a huir y a permanecer en los bosques […] la necesidad le hace sagaz y atrevido; aquejado del hambre arrostra los peligros, acomete a los animales que están bajo la custodia del hombre […] y cuando sale bien esta ratería, repite con frecuencia los asaltos».


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