La estradense que fue a quirófano con Raphael
Deza
La misma semana que el cantante fue sometida a un trasplante que le ha dado 15 años más de música a su vida
01 Mar 2018. Actualizado a las 07:54 h.
Por más que se hayan enamorado con Yo te amo o lo hayan dado todo en la pista con Escándalo, seguro que pocos fans se acuerdan de la fecha en la que Raphael fue sometido a un trasplante. A la estradense Josefa Expósito no se le olvida. Y eso que en abril se cumplen ya 15 años.
Lo sabe bien porque ella y el maestro de Linares tienen vidas paralelas hepáticamente hablando. Los dos sufrieron hepatitis y los dos acabaron teniendo que someterse a un trasplante de hígado para poder seguir respirando. En el caso de la estradense no había detrás ningún tipo de alcoholismo disimulado. Pero, salvando las distancias, Josefa se sintió muy identificada. «El foi tres días antes ca min», cuenta. «Vira na televisión que a el o transplantaran un mércores. Eu pensei: ‘a ver cando me chaman a min’. E chamáronme o sábado», recuerda. «Tiven moita sorte. Estiven en lista de espera menos dun ano», dice.
Era el 5 de abril del 2003. Josefa acababa de meterse un cocido entre pecho y espalda. Pero había aparecido un hígado y era el momento. «Normalmente tes que pasar 12 horas en ayunas antes de que te operen, pero eu foi acabar de comer e arrancar para Santiago. Nin tempo a ducharme me deron», comenta. «Comera grelos, cacheira... de todo», cuenta entre risas. «Ó chegar alí nin a tensión me miraron. Un pinchazo e non souben nada máis», explica.
A operarse «tan campante»
Aquella era la segunda vez que Josefa acudía al hospital para hacer el trasplante. La primera había sido el 12 de marzo, pero al final el órgano no estaba en buen estado y la operación se había cancelado. «Eu medo non tiña ningún. Daquela ía tan campante. Agora en cambio xa me da medo ir a Santiago aínda que sexa por unha febre», confiesa.
Todo salió a la perfección. «Ó terceiro día xa me puxeron para comer coello e lentellas», cuenta. «O coello era cocido. Tiña a cor desa parede», protesta. Entre eso y la falta de apetito, Josefa perdió kilos. «Se eran grelos sabíanme a pescado e se era pescado sabíame a grelos», justifica. Pero la amenaza de un médico la hizo entrar en razón. «Díxome: ‘Josefa, vostede podía estar na casa en 15 días, pero como non coma vai botar aquí meses’. Aquel día comín todo», cuenta.
Cuarenta días después volvió a casa y el apetito volvió con ella. «En dous meses collín dez quilos», confiesa. «Comía unha tableta de chocolate pola tarde vendo a novela e pola mañá un leite con sopas no que a culler quedaba de pé», cuenta su hija Mercedes. «Antes non me sentaba o leite e agora tómoo tres veces ó día», explica ella.
«Cando volvín á revisión o médico díxome que ou ancheaban a porta ou lle tiña que quitar eu algo ó corpo», cuenta traviesa.
Con el trasplante, la retención de líquidos, las piernas hinchadas y las hemorragias por la nariz se acabaron para siempre. Josefa no tiene palabras para mostrar su agradecimiento a la persona que le donó el hígado y a su familia. Tampoco le hacen falta, porque el donante nunca se revela. «Preguntamos, pero non nolo dixeron», constata la estradense. Eso sí, su hija Mercedes y sus dos nietos, de 27 y 30 años, se hicieron donantes Ella también lo haría si pudiese. «A nós non nos valen para nada e poden salvar moitas vidas e moitas familias», dice con conocimiento de causa.
El del hígado no es el único problema de salud que ha tenido Josefa en sus 75 años de vida. De bebé se cayó en una lareira y se quemó la mano izquierda. Su padre pagó dos operaciones en el sanatorio local de Saturio de la Calle, pero los dedos no tenían tendones y hubo que acabar amputándolos. «Os tuberculosos que estaban na planta de arriba botábanme caramelos pola escaleira. A enfermeira dicíame que non os collera, pero eu cando os pillaba comíaos», cuenta. «Tratábanme como unha reina», recuerda.
«A man do ladrón»
Con el tiempo le ofrecieron poner una mano ortopédica, pero ella nunca quiso. «Esa é a man do ladrón», bromea siempre con su familia. «Non me fai falta para nada. Perdín os dedos de pequena e xa me afixen a facer todo sen eles. Non notei a falta da man para nada. Eu fago orellas, coso a máquina ou o que sexa sen problema», se sincera.
La albúmina fue otro de sus males infantiles. «Nunca máis quedei ben. Eu non sei o que era exactamente, solo me acordo de que solo podía tomar auga de cana de millo. Pero eu tiña moito apetito. Tíñanme que encerrar na habitación para que non comera, porque eu íalle ó pan seguido. Un día collín unha tortilla que deixara meu irmán e inchei que parecía que ía rebentar», recuerda ahora entre risas.
Josefa, que fue una niña traviesa, conserva aún la picardía en los ojos y la sonrisa fresca y sincera. Después de los quince años que le ha ganado a la vida ahora solo espera que su corazón aguante otros tantos por lo menos. «Teño unha arritmia e igual teño que cambiarlle as válvulas», cuenta. Pero el quirófano y ella son viejos amigos. Así que no habrá problema.