Fígado encebolado
Deza
RASTRO DE AIRE
08 Dec 2004. Actualizado a las 06:00 h.
AYER COMÍ fígado encebolado y no fue casualidad como sabe bien Víctor, que me lo recomendó bien: O porco caeu nesta ponte. Y no podía ser de otra manera para un tipo como yo a quien le gusta el fígado encebolado, el raxo, el ril, los roxós y hasta las papas de millo con grasa de porco. Como no podía ser de otra manera comí esa exquisitez del cerdo de matanza tradicional, como exquisiteces son las demás nombradas y luego serán las viandas que pasan antes por el salazón y requieren algo más de espera. Mientras uno come en el día de la Inmaculada, huye de connotaciones que no viene a cuento ligarlas a onomásticas religiosas porque las sobrepasan y sigue en lo que es la vida de diario, más aproximada a la tradición para encontrar esencias, más aproximada al trabajo para sentir los días felices y más aproximada al cerdo que debió seguir esos mismos caminos desde su condición distinta de la mía, que yo puedo analizarlos. Cuesta perder capítulos de la historia como la matanza. Aquellos sabores, cuando se pierdan, cuando se acabe el sabor del fígado encebolado, del raxo o del ril, como ya se perdieron para mucha gente, el mundo habrá cambiado en su apuesta por la velocidad, por las manos limpias, por la muerte en silencio, en matadero, desintegrada como parte social. A los que agarramos la ración de fígado con más interés que un buen plato, porque tiene acentos gastronómicos que la cocina moderna no podrá sacar a los nuevos productos, se nos acaba aquel tiempo, se va como las columnas de humo que antes proliferaban en estos días en las aldeas y ya casi no hay, ya no huele a cerdo quemado.