El argentino ofreció lo único bueno del partido y marcó tras una serie de regates desde el medio campo
05 Apr 2009. Actualizado a las 02:27 h.
Juande Ramos debería estar nominado a mejor entrenador del mundo (se excluye Londres, por aquello del Tottenham). Ahí anda segundo en Liga -a seis puntos del Dream Team versión 2.0- un equipo al que sostienen un portero inmenso, un central portugués y un lateral derecho de un pueblo de Sevilla.
Lo demás lo va asumiendo Juande según le viene. Ayer lo invitaron en Málaga a un festival de empujones disfrazado de partido de fútbol y allí se plantó con los chavales que pudo reunir. Hasta se llevó al automarginado Drenthe, quizá por si lo de los empujones iba a mayores. Y a punto estuvo de tener que utilizarlo antes de tiempo, visto el panorama en la primera parte, en la que no pasaron dos minutos sin que un jugador, preferiblemente Eliseu, rodara por el suelo.
Si las bajas eran muchas (Marcelo, Heinze, Robben, Lass o Cannavaro) el técnico merengue se empeñó en añadirle la de Guti, fruto de esa guerra particular que mantiene con el mediocentro, al que no da bola ni cuando parece no quedarle otra. Ayer lo tuvo calentando más de media hora para no darle ni un minuto y prefirió poner el manejo del juego en pies de Sjneider y a Gago. El argentino se lo pagó dejando al equipo con diez sin necesidad de abandonar el campo. De paso dio la razón a Maradona: el pobre juego de la albiceleste ante Bolivia no tuvo que ver con la altura. Málaga está a nivel del mar y a Gago le robaron todas las bolas que no centró al vacío.