Reyes es la esperanza de un Sevilla amenazado por el buen momento de forma que atraviesa el Betis liderado por Joaquín
04 Oct 2002. Actualizado a las 07:00 h.
Francisco era del Betis. Acudía al Benito Villamarín cada quince días embutido en moda verdiblanca. Y si el Sevilla rendía visita, Francisco se mofaba de los errores del rival en el apasionante derbi.
Pero este domingo, Francisco, si acude al Sánchez Pizjuán, le silbará a Joaquín, abucheará a Capi y deseará que el portero del Betis, Gaspercic, cometa mil errores que le cuesten mil goles. Al mismo tiempo, animará al sevillista Gallardo, empujará desde la grada a Juanito y, sobre todo, deseará que su hijo Reyes humille al Betis con mil goles. Sólo un hijo es capaz de obrar un milagro de envergadura bíblica, borrarle a un hombre el escudo del Betis para trasplantarle en el alma la insignia del Sevilla.
Mañana, a las ocho y media de la tarde, Reyes intentará otro milagro, liderar el triunfo ante un Betis intratable en una cita que consume en Sevilla más energía que las bombillas de la Feria de Abril. Porque Reyes es la medicina que la cantera del Nervión envió al primer equipo para sobrevivir a su grave crisis económica. Él mismo se ofreció. «Si con lo que paguen por mí se soluciona el problema, pues que me vendan», decía el joven sacrificado. Pero el Sevilla especula. La cotización de Reyes puede ser como un pelotazo inmobiliario en la calle Sierpes. Algo tiene la cantera sevillista. Marchena, Salva, Jesuli, Gallardo, José Mari, Velasco... pero ninguno como Reyes.
La piedra de toque de mañana será de aúpa. Van cuatro partidos y los de Nervión son vírgenes en triunfos. Mal fin de semana para cambiar la suerte. El Betis, un equipo de androides programados para arrasar, cuenta además con Joaquín, un