Pardillos colmando el atardecer
A Coruña
Estos pájaros forman grandes bandadas en zonas abiertas
27 Aug 2018. Actualizado a las 05:00 h.
Siempre que se levanta ante mí una de sus bandadas, evoco aquel poema del irlandés William Butler Yeats, dedicado a la isla del lago de Innisfree, que comienza así: «Me levantaré ahora e iré, iré a Innisfree, / y haré allí una humilde cabaña de barro y zarzas». Y que dice en su segunda estrofa: «Y tendré algo de paz allí, porque la paz gotea lentamente, / cae de los velos de la mañana a donde canta el grillo; / a medianoche, todo es un resplandor, y al mediodía un resplandor púrpura, / y colman el atardecer las alas del pardillo».
Eso es exactamente lo que me acaba de suceder ahora mismo: las alas de una bandada de pardillos vulgares han colmado este atardecer estival que me ha cogido paseando al pie del parque de Bens. Con solo atravesar los rayos dorados y bajos del sol, el tropel de pajarillos ha logrado abrir el cajón de los versos de mi memoria. Y aparece así otro poeta, el norteamericano Raymond Carver: «Cuando me di la vuelta, / no sabía dónde estaba. Hasta que algunos pájaros se alzaron / de los nudosos árboles. Y se alejaron volando / en la dirección que yo necesitaba que siguieran». Tal cual. Solo que los pardillos no son mucho de árboles. Prefieren las zonas abiertas, como este paisaje que me rodea.
Pecho escarlata
Cuando de nuevo se posan, levanto mis prismáticos y busco a los machos. Las plumas de su pecho y de su frente no son de tono tan escarlata como hasta hace un par de meses, pero siguen reflejando el sol de una manera muy especial. Como las hembras y los jóvenes, se afanan en buscar y devorar semillas entre la hierba rala. Al girarse, los dorsos de color castaño de todos ellos parecen un aviso de que el otoño no está ya lejos.
A mí los pardillos nunca me han parecido pardillos, sino más bien lo contrario. Son de los pájaros menos confiados de la ciudad. Así como muchas otras aves han terminado por convencerse de que poco o nada tienen que temer de nosotros, y nos permiten aquí aproximaciones imposibles en el campo, basta con un gesto inocente, como comenzar a elevar la cámara a fin de hacerles una foto, para que los de esta especie se larguen a lo que consideran una distancia segura. Lo hacen emitiendo una serie de trinos metálicos con los que parecen convencerse entre sí de lo acertado de su veloz retirada.
Si por ejemplo buscan entonces refugio en una mata de tojo, no regresan todos a la vez a donde hace un instante comían juntos. Lo hacen uno a uno, como tras una profunda reflexión personal en torno a su particular grado de apetito, y también de prudencia. Digamos que son aves sensatas, en permanente alerta.
A su manera, es como si se sirvieran de las ventajas de la ciudad pero sin sentirse parte de ella. Un poco lo que le pasaba a Yeats en aquel poema, al recordar desde «la calzada, o en las tristes aceras» de Londres los escenarios naturales de su niñez, y sobre todo aquel lago en el condado de Sligo.