Salud pública
Carballo
ARA SOLIS | O |
15 Feb 2007. Actualizado a las 06:00 h.
ESPAÑA PASA por ser uno de los países con un uno de los mejores sistemas de salud del mundo. Es un lugar común repetir eso de que si uno tiene una enfermedad grave más le vale ir a la sanidad pública, porque cuenta con más medios que la privada. Y es cierto. No hay hospitales como los que pagamos con nuestros impuestos, ni máquinas más caras y efectivas que las que financia el erario público, al que tampoco le duelen prendas en aflojar el bolsillo para pagar tratamientos que el común de los mortales jamás podría pagarse. Hacerse un trasplante en Estados Unidos seguro que cuesta un riñón. Así, si alguien se pone muy enfermo, sabe que en España le van a sacar, en lo posible, las castañas del fuego. Lo malo es el tramo que va entre estar un poco mal y empeorar hasta que la situación se vuelve grave. Los médicos recomiendan siempre prevenir y controlar cualquier síntoma sospechoso para evitar males mayores. Sin embargo, en Cee los niños no pueden estar más de cinco minutos con su pediatra, porque no hay tiempo, y lo mismo en otras muchas consultas. Quién no ha pasado por un ambulatorio en el que el médico ni lo ha mirado a la cara porque tenía la sala de espera como una patera. Así, no hay diagnósticos ni pruebas que valgan, y quien ande pachucho y no lo demuestre con síntomas evidentes, deberá esperar a estar más enfermo para tener acceso al sistema. Tal y como están las cosas, se está fomentando una salud pública basada en las urgencias y en los especialistas para casos graves. Si hubiese una base más sólida y más inversión para mejorar la atención primaria, mucha gente se ahorraría tener que llegar a los hospitales a salvarse el pellejo. Si el niño tose, lo ve el pediatra, que lo despacha rápido -contra su voluntad- para ver a otro. Si la tos es neumonía, ya volverá por urgencias.