Che
Noia
08 Nov 2017. Actualizado a las 05:00 h.
Che Tembra es un trigal de hierro sembrado en el praderío del fuego que libera los cuatro vientos contenidos en su fuelle según el metal necesite más o menos dolor de alma. El dominio de los aires. Una virtud con la que nació Che Tembra; un elegido. Domar el fuego, el viento y el hierro, retorcer sus mil caras y abordar su nave invencible es don concedido por los dioses que, a pesar de nuestra contumacia en ignorarlos, siguen habitando la galaxia.
Cuando Che abrió su exposición última en la Sociedad Liceo de Noia me fue imposible asistir, pero la vida me concedió la gracia de contemplarla en soledad un mediodía de domingo en el que la luz del sol penetraba como un sable de plata descubriendo las mil almas de Castelao forjadas por las manos limpias del escultor. De dolor en dolor y de verdad en verdad, los hierros retorcidos sobre la carne vegetal que le sirven de alimento, nos traen a la memoria la injusticia que sufren los desamparados, la sevicia de los caciques, la inocencia de las mozas o el humor negro de los que ya no tienen nada que perder.
Ahí perdura esa Galiza que a pesar de los estandartes que avanzan las mesnadas impías de la globalización, permanece «sempre en pé», como titula su obra este hombre sabio, dolorido por su historia. Una maternidad en la que la madre sostiene en su regazo a su hijo muerto de un balazo en la cabeza, simboliza todo este dolor de siglos con el que Che Tembra nos enmudece, nos ciega y nos asorda por unos segundos eternos que nos recuerdan cuan frecuentemente olvidamos que el puerto de llegada se llama libertad. Gracias, Che, por liberar la esclavitud de nuestras memorias.